Amnistía


Años duros aquellos en los que colaborar con Amnistía Internacional era entrar en la lista de sospechosos por rojo. Años luego menos duros pero intranquilos aquellos en los que crear el grupo de activistas -en este caso, en A Coruña- implicaba figurar en la lista de a ver quiénes son estos, y tenías que aguantar en alguna reunión a un policía que se interesaba por las gestiones para que en Benín soltaran a un preso político.

Porque Amnistía tenía entonces un peso moral del que carece ahora. Y por una razón básica: estaba radicalmente prohibido meter las narices en los temas nacionales. Es decir, nosotros colaboramos para que una persona tuviera un juicio justo en Bolivia y los belgas se preocupaban que a los etarras se les respetaran sus derechos, porque en democracia hasta los terroristas los tienen. Meros ejemplos.

Se intentaba evitar tomar partido y había que ser neutrales en lo que atañía al país de cada uno. Yo, feminista, o nacionalista, o lo que sea, no puedo decir nada contra el gobierno de González, Aznar, Zapatero, Rajoy o Sánchez. Mis fobias y filias, en casa.

Ahora resulta que no. Y no solo ya no se hace así y Amnistía Internacional se ha convertido en un opositor del Gobierno sino que incluso emite juicios de valor. Y en un mail Amnistía me comunica que el gobierno de Pedro Sánchez es nada menos que “cómplice” de la muerte en un bombardeo de dos docenas de niños en Yemen. Porque le hemos vendido armas a Arabia Saudí.

Por cierto, Arabia Saudí nos está haciendo el trabajo sucio a usted y a mí: sus bombas caen sobre los hutíes de Yemen. Que son justo los yihadistas herederos de los talibanes afganos. O sea, unos inocentes y pacíficos demócratas.

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