Avatares


uando leí en el periódico que la firma compostelana Urovesa, fabricante de vehículos especiales, barajaba la posibilidad de construir en su nave de Valga prototipos de carros de combate no tripulados, se me disparó la imaginación -en realidad me pasa siempre con las noticias, sobre todo cuando veo el telediario-. Y elucubré sobre cómo cambiarían las contiendas si los tanques y los aviones no llevasen pilotos ni conductores, en plan guerra de las galaxias. Sería un avance tremendo para la humanidad -entendida como solidaridad con los semejantes- porque las guerras no se medirían por bajas humanas sino por pérdidas económicas. Los llamados daños colaterales pasarían entonces a tener un significado literal, y es posible que se agilizase el ondeado de la bandera de la paz porque, es triste decirlo, las pérdidas económicas pueden ser más importantes para un gobierno que las de vidas humanas. Claro, que luego pensé también que se corría el riesgo de que los soldados se creyesen que estaban jugando una partida de marcianitos y que confundiesen el campo de batalla con la pantalla del ordenador; que importase más defender la Catedral de Santiago virtual que la del Obradoiro y que el avatar tuviese más valor que el personaje real, que podría morirse de un infarto en su cama mientras el ejército amigo lo salvaba en la pantalla. Y me acordé de José Luis Montiel, el médico compostelano aficionado a los videojuegos que advierte sobre los riesgos del mal uso de un entretenimiento que debería ser tan inofensivo como el parchís. Menos mal que nos quedan los abrazos y el sabor de los tomates de la huerta para no perder la perspectiva.

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