Julio Prol: «Era buen alumno siempre que los estudios me dejasen jugar al fútbol»

Compostelano por los cuatro costados, San Roque fue su campo de entrenamiento

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Santiago / la voz

Nombre. Julio Prol Bao.

Profesión. Psicólogo.

Rincón elegido. La fuente de San Roque, donde jugaba de niño, aunque también recuerda San Martín Pinario o Cervantes, otros rincones de su infancia.

Julio Prol es de esos pocos compostelanos de pura cepa, cuyas raíces están en uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad. En concreto en el de San Roque, en donde se crio y donde aún vive su madre. Estudiaba en La Salle, vivía al lado y por las tardes jugaba al fútbol en el patio del colegio y en torno a la fuente de San Roque. «Vivíamos en la calle y en ella crecimos», cuenta. Nada de atascos a primera hora de la mañana o minutos perdidos en el autobús. Julio siempre relata como anécdota que su despertador era el silbato con el que el religioso llamaba a los alumnos para que formasen filas en el patio. «Entre que se formaban todos, se colocaban por filas y subían al aula, me daba tiempo a levantarme, salir y llegar».

De familia numerosa, asegura que tiene buenos recuerdos del colegio, aunque entonces la educación era más rígida y disciplinada, no solo en el aula sino también en casa. Buen estudiante, «siempre que los estudios me lo permitían y me dejaban jugar a fútbol». No fue hasta los 17 cuando se dedicó de forma más profesional al balompié, primero en el Compostela, que estaba en una categoría similar a la segunda B, después en el Pontevedra, en el Lugo y finalmente en Mallorca, donde dejó el fútbol profesional.

Tanto Julio como sus padres tenían claro que quizás este deporte no fuese la carrera definitiva, por lo que se matriculó en Derecho, y como le resultaba muy complicado compaginarlo con los entrenamientos, finalmente optó por Psicología, una titulación por la que siempre sintió interés. Nunca se planteó si su futuro sería el fútbol o la psicología, así que trató de llevar las dos vocaciones, «y dependiendo de cómo fueran las circunstancias dirigirme hacia una o hacia la otra. Y no me arrepiento, porque en el fútbol tuve lesiones que me condicionaron el poder desarrollar una carrera», recuerda.

Lo dejó a los 30, en Mallorca, a donde había ido con su familia. Pasó de delantero centro a centrocampista y en la isla balear vivió 17 años. «Al principio fue complicado por el calor, porque esos sitios son bonitos pero en vacaciones, y además allí todo gira en torno a la hostelería». Pese a que estaban perfectamente instalados, sus hijos les hicieron replantearse la vuelta a Compostela. «Aquí hay más alternativas y queríamos que tuviesen otras oportunidades», señala Julio. Cuando la familia volvió encontró otra ciudad, «siempre digo que he vivido en dos ciudades, el Santiago de antes de irme, y al que llegué tras 17 años». Pero en ninguno de los dos, ni en su estancia en Mallorca, abandonó su pasión por el fútbol.

Era la temporada 2011-12, el Compos era un fantasma acuciado por las deudas, Antonio Quinteiro compró la marca y Prol se unió al club, primero como psicólogo para tratar de organizar el fútbol base, y posteriormente como director deportivo. Fueron años esperanzadores. «Estábamos en regional preferente, lo ascendimos a tercera y al año siguiente a segunda B». ¿Y ahora? «Yo lo veo bien, creo que se ha entendido cómo debe funcionar el Compos, con gente de aquí. Debe ser el club de referencia y hay que generar ilusión en la ciudad», explica. La afición siempre ha sido una de las asignaturas pendientes del fútbol de Santiago. La recuerda en Santa Isabel, cuando el equipo aún no jugaba en San Lázaro, con las dos gradas llenas. También cuando el Compos rozó la gloria en Primera, pero admite que la población se dispersa «y como esta es una ciudad universitaria, turística y muy administrativa, hay gente que no es de aquí y no se genera la ilusión de otros lugares». «Ahora es el momento -concluye- y la única opción para sostener al Compostela en el tiempo».

«La Ciudad de la Cultura ya la teníamos, está en el entorno histórico»

 

 

Antes de irse a Mallorca, su vida se circunscribía al casco histórico, Vista Alegre y la zona de Galeras. Vivía en San Roque, estudiaba en el Burgo das Nacións y el Compos jugaba en Santa Isabel. Cuando volvió, la estructura de la ciudad había cambiado, «en algunos casos a positivo y en otros a negativo», apunta Julio Prol. Lamenta que la almendra no haya evolucionado, y sobre todo critica la Ciudad de la Cultura «porque ya la teníamos, en el entorno histórico, en donde hay conventos, patrimonio... Y es ahí donde se tenía que haber invertido, porque la gente viene a Santiago por el atractivo del casco viejo». Poco amigo del coche, ahora que vive en Salgueiriños se ve obligado a utilizarlo, pero siempre que puede opta por pasear «claro que por motivos profesionales o de urgencia en ocasiones no tienes otra opción».

En sus casi dos decenios en Mallorca también vivió los cambios de la isla. Cuando llegaron, a finales de los 80, todavía había cierto control en el sector turístico, «pero cuando nos fuimos todo estaba muy explotado». Recuerda el pequeño centro de salud de Son Servera, en donde los atendían amablemente en invierno, pero que en verano se colapsaba de tal manera que no se veía ni la casa que acogía el ambulatorio de las colas que se formaban.

Un legado prometedor

El fútbol que corre por las venas de Julio Prol ha llegado a sus hijos. El mayor, que terminó Ingeniería Química hace dos años, se va en septiembre a Polonia a terminar un máster, por lo que ha tenido que apartar de momento el deporte. Y su hija, de 17 años, juega en el Gaiola de fútbol sala. A ambos les ve cualidades, «pero soy el padre y prefiero abstenerme de hacer comentarios porque no soy objetivo», admite riendo.

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