Aconfesional


Es lógico que en el siglo XXI el Estado se declare aconfesional y que las autoridades limiten su presencia al protocolo civil. ¡Pero cómo pesa la historia! La línea roja que separa lo uno de lo otro en ciudades como Roma, La Meca o Santiago de Compostela está pintada con brocha gorda. Y qué decir de Jerusalén, tierra santa para católicos, musulmanes y judíos y epicentro de continuas disputas tomando el nombre de sus respectivos dioses en vano. El regidor compostelano no entra en la Catedral el día de la ofrenda al Apóstol, pero se siente en la obligación de recibir a las autoridades que se acercan a la ciudad para acudir a un acto meramente religioso. Lo hace portando un bastón de mando que no difiere en mucho del báculo eclesiástico. El gobierno local tampoco acude a la misa que conmemora el voto de la ciudad a san Roque, su patrón, en agradecimiento por librarla de la peste hace quinientos años. Las autoridades municipales que en 1517 promulgaron el voto al santo estaban cumpliendo con la que creían que era su obligación, a la manera de entonces. Hoy, los jóvenes saben que san Roque baila en la Festa da Auga y que en Betanzos lo honran con un globo gigante. Como mucho, saben también que va con un perro simpático. Esos mismo jóvenes desconocen el significado de las escenas que representan las imágenes de la Catedral porque nunca leyeron la Biblia. Y son la generación mejor preparada de la historia. Es difícil. Y lo es porque, a fin de cuentas, las diferentes religiones no son más que la adaptación que cada cultura hizo de la angustia que provoca carecer de respuesta a la eterna pregunta: «¿Pero qué demonios pintamos aquí?»

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