Mortales


Antes de que el bueno de Rels B. pudiese demostrar si es merecedor del apodo, el pantalán que llevaba veinte años asentado en el puerto de Vigo se vino abajo e hirió a más de cuatrocientos. Y en un abrir y cerrar de ojos, la tierra se tragó más de un kilómetro de un viaducto en Génova y dejó decenas de muertos. El parque Miguel Hernández de Vilagarcía está salpicado de placas con versos del escritor que le da nombre, y una de ellas dice así: «En este campo estuvo el mar, alguna vez volverá». A los vecinos que sufren un año sí y otro también las inundaciones en los terrenos ganados a la ría les produce un escalofrío leerlo, porque es así, tal cual. A lo largo de la historia, el hombre se ha empeñado en modificar la naturaleza a su antojo; desde que pintó búfalos en las paredes de las cuevas y colocó unas piedras encima de otras para honrar a sus muertos. Muchos monumentos se hicieron a mayor gloria de la ambición y el egocentrismo de los gobernantes de la época. Ocurrió con Felipe II y El Escorial, con el arzobispo Xelmírez y la Catedral de Santiago, con Manuel Fraga y el Gaiás. Pero, de vez en cuando, la naturaleza exhibe su fuerza y nos recuerda que solo somos dioses de barro empeñados en ocultar nuestra mísera mortalidad, y echa por tierra esas torres de Babel.

Hay monumentos, sin embargo, capaces de capear la fuerza de la naturaleza y de soportar en pie el devenir de los siglos, y por eso se convierten en valiosas obras de arte, para engaño de sus arrogantes creadores, que ansían el elixir de la inmortalidad. Por eso, si cabe, es todavía más absurdo pintarrajearlos de azul o montar un pícnic sobre sus milenarias piedras.

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