Anxo Martíns Sanmartín: «Os cabezudos e os fogos é todo o tradicional que queda nas festas»

Su empeño personal permitió recuperar hasta hoy los peculiares bailes callejeros


santiago / la voz

A Anxo Martíns le gustan dos cosas por encima de todo: las tradiciones y bailar. Solo así se entiende que de pequeño anduviese persiguiendo a los cabezudos por las rúas de Compostela, una figura festiva imposible de desligar de los días grandes de la ciudad. Entonces, explica tras haberse documentado en los últimos años, «os sacaban os rapaces da inclusa, que ían pedindo a esmola ou algo de comer e beber». Su primer recuerdo de estas singulares estructuras es de los años 50, «cando botaban todo o día recollendo cartos», y él vivía despreocupado.

Ya de mozo, con 19 años, se fue a Madrid a bailar como profesional, y cuando regresó, en la transición de los 70 a los 80, ya no existía la inclusa y percibió que aquellos cabezudos que tanto le divertían estaban completamente desangelados y ni siquiera bailaban con criterio.

«No ano 81 fun falar co concelleiro Antonio López, da UCD, e pareceulle ben a miña proposta». Martíns le encomendó a Kukas y a Méndez algunos diseños, y ya metido de lleno hizo algunas averiguaciones: «Cando estaban facéndoos fun o arquivo e atopei debuxos dos antigos. Os que eu recordaba eran do ano 42, despois da guerra, e pedíronse a Zaragoza. Cos anos aparecen cousas, como unha foto feita no Hospital Real (Hostal) cos orixinais, e tamén hai unha fotografía de Ksado de 1913», aunque el origen aún va más atrás, hasta 1878.

Con esa información, e implicado como estaba en los grupos folclóricos de la ciudad -pasó por Brincadeira, Cantigas y Ultreia- no le fue difícil reunir cada año a ocho bailarines que se enfundasen las cabezas unos pocos días al año: «Na Ascensión non se saía, iso é cousa dos últimos trinta anos. O tradicional era o 24 e 25 de xullo, cando facíamos o encontro cos xigantes que saían pola Porta Real da Catedral. Agora perdeuse algo da liturxia», lamenta, entre otras cosas por cierta dejadez del Cabildo y por la manifestación que ocupa la praza da Quintana.

Ahora son veteranos procedentes de históricos grupos de baile los que mantienen las salidas, con bailes sencillos de dos o tres minutos, «porque dentro súas moito e case non ves nada», pero siempre manteniendo la vigencia y las modas musicales, que incluso trascendían a la muiñeira.

En el Concello, propietario de los cabezudos, saben que su presencia es una garantía de animación callejera, pero Martíns asegura que lo de los últimos años, con la avalancha de turistas, empieza a ser excesivo e incluso peligroso, «porque nós sempre facemos un círculo, e eles veña a meterse para facer fotos».

«Ninguén é imprescindible»

La cosa tiene peligro, porque el auténtico mérito de los cabezudos es su capacidad de bailar sin perder el equilibrio, ya que llevan todo el peso arriba «e a cabeza lévate». Ya han tenido algún golpe sin importancia, aunque para disgustos los que se llevan algunos de los niños, impresionados por la gigante presencia: «Forma parte do chiste», se disculpa. También los hay que quieren participar, y por eso siempre utilizan los descansos para que los más pequeños se acerquen, participen y bailen, «e os pais encantados, claro».

Con todo, fija sus preferencias. Los cabezudos, más que por los niños o los turistas, están para honrar la historia compostelana. «Ti pensa que os fogos de 24 e os cabezudos é todo o tradicional que queda nas Festas do Apóstolo, o resto, o dos concertos e esas cousas, é todo novo», señala.

A pesar de que la cita está consolidada y nadie se imagina que pueda desaparecer, lo cierto es que de las palabras de Anxo se desprende que la continuidad no está garantizada, porque sigue dependiendo del compromiso personal de gente que ya no está en el mundo del folclore. «Pero ninguén e imprescindible!».

Nombre. Anxo Martíns (Santiago, 1951).

Profesión. Fue bailarín y es profesor de danza.

Rincón elegido. Vivió entre Mazarelos, la Rúa do Vilar y la Rúa Nova, cerca del Principal, donde están los custodiados los cabezudos.

«Os meus pais tiñan unha froitaría na Praza de Abastos»

 

 

Anxo Martíns se toma en serio los cabezudos, pero es consciente de que son una parte más bien lúdica de su vida. Se fue a Madrid con 19 años, y tras unos meses de formación ya empezó a bailar junto a María Rosa, una leyenda de la escena que impulsó su carrera hasta ponerse a las órdenes del mítico Antonio Gades, en el Ballet Clásico Nacional. «Alí estaba ben, e había que darlle a todo, ao folclore, clásico, zapatilla... dependías moito da especialidade que facías mellor, e se non era o teu, chupabas moito camerino», recuerda con una sonrisa. En el medio se cruzó la mili, que hizo en Galicia, pero aprovechó su regreso temporal para incorporarse al Rey de Viana.

Lo liaron

Cuando volvió definitivamente a Santiago lo liaron -«cacháronme»- para preparar unas coreografías y acabó siendo un referente en los principales grupos de baile de Santiago, idas y venidas que darían para otra página entera, «aínda que nunca vivín do folclore». Tuvo una escuela de danza con su propio local, y salía habitualmente a dar clases a la comarca. Ahora es profesor de gimnasia de mantenimiento en el centro sociocultural de Fontiñas, donde reconoce estar feliz mientras el cuerpo vaya aguantando.

Hace unos años, tras morir su madre, se deshizo del coche. Ahora camina y se sigue moviendo por la zona vieja, donde siempre vivió. Sus padres tenían una casa en Cardeal Payá, junto a Mazarelos -su otro rincón compostelano vital- «e unha froitaría na Praza de Abastos», que fue otro de sus espacios de juego. Vive en la Rúa do Vilar, pero antes lo hizo en la Rúa Nova, muy cerca del Principal, donde el Concello custodia los cabezudos que unos pocos días al año acaparan su vida.

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