Levantarse


Conocí a una persona que llevaba tantos años trabajando en el mismo sitio que cuando lo echaron no sabía ni escribir su currículum. Fue como si tuviera que usar un andador para moverse por las aceras del mercado laboral, esa gran ciudad superpoblada. También hay parejas que prolongan indefinidamente su agonía. Llevan años sentadas en el sofá sin dirigirse la palabra, viendo la tele o silbando. El día más insospechado, todo salta por los aires. El pacífico y dormido volcán se enfada, y esa pareja decide emprender otra vida, aunque pueda parecer tarde. Salen a la calle desorientados, cabizbajos, ensimismados, y se dan cuenta de que son incapaces de acercarse a nadie. A veces, en el momento más inesperado, alguien nos da un empujón por la espalda y nos tira al agua vestidos. El peso de la ropa mojada nos empuja hacia el fondo. Sabíamos nadar, pero estamos a punto de ahogarnos. Incapaces de dar una brazada, en ese instante, se nos olvida lo más elemental para salir a flote: la necesidad de despojarnos de lo que llevábamos puesto, de las prendas que arrastrábamos, de esa pesada carga que nos impedía flotar. A menudo nuestros días parecen avanzar por una línea que creemos recta, eterna e imperturbable. La soñada estabilidad que nos inculcaron termina por confundirnos. Quizá vivamos engañados. En realidad, estamos lejos de casa. Acabamos de salir del bar y caminamos vacilantes, con el paso torcido. Vamos borrachos de estabilidad. Hemos bebido muchos vasos de estabilidad, un licor de alta graduación. Y entonces, de repente, nos caemos, y no sabemos cómo levantarnos.

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