Manuel Quintana Martelo: «Me compré un libro de pintura y se acabó mi carrera de perito»

No recuerda haber hecho nunca dibujos de crío, sino copiar aquellos que le gustaban

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Santiago / la voz

Nombre. Manuel Quintana Martelo. Nació «200 años después que Goya».

Profesión. Pintor. Preside la Academia de Bellas Artes.

Rincón elegido. Rúa do Vilar, en donde vivió de joven. Recuerda los bailes con orquesta en el Casino, al lado de su casa.

Se crio en Roxos, en la casa familiar y en la tienda de su abuelo, Manuel Martelo, que era como todas las de aldea: taberna, cerrajería, ultramarinos... Allí pintaba, pero no recuerda haber hecho nunca dibujos de crío, esos de la casita con chimenea, papá y mamá. «Mi abuelo tenía un escritorio en la tienda y me pasaba el tiempo copiando dibujos que veía, tengo una idea racional de lo que dibujaba», dice Manuel Quintana. Fueron años de paseos en bici, subir a los árboles, coger fruta y jugar al fútbol. Hasta que al cumplir nueve se vino a Santiago, a la rúa do Vilar, porque su padre tenía allí su despacho de abogado. En el casco histórico se acabó la bicicleta. Quintana Martelo no olvida cuando. Le regalaron una en Reyes y salió a correr. Hasta que lo paró un guardia y «me dijo que no se podía andar en bicicleta por las calles, me lo pasé muy bien hasta ese momento», cuenta.

Era un estudiante «recurrente», de los de última hora. Solo quería pintar pero su padre lo obligó a estudiar una carrera, así que se fue a Vigo, a la escuela de peritos, y se matriculó en electricidad, «me parecía lo más atrevido que podía hacer, y además me marchaba de la casa de mis padres, era un incentivo con 17 años». Allí duró dos cursos «hasta que me compré un libro de pintura y vi una exposición, ahí se acabó mi carrera de perito. Era una exposición de Juan Luis, me sorprendió como pintaba fragmentando el color y todo lo que se me ocurrió decir fue ‘eso puedo hacerlo yo incluso mejor’, con esa osadía o chulería barata de la edad». No se presentó a ningún examen y en su casa planteó una disyuntiva: o bellas artes o ciclismo. Ante tal panorama, su padre cedió, y preparó el ingreso en la escuela de Barcelona. Aunque en su familia pensaban que volvería, hizo una prueba de ingreso espectacular. La nota más alta de los 200 que se presentaban, «no te imaginas cómo volví a Galicia -cuenta- solo había aptos y no aptos y obtuve un notable». Le envió un telegrama a su padre para mantener la sorpresa: ‘no tuve aprobado, llego mañana’.

Pasó de ser un alumno de última hora y asiduo a la picaresca a sacar matrículas y sobresalientes, pasarlo en grande en las aulas y a molestarse «de que llegaran el sábado y el domingo porque no había clase». En la escuela le marcó Jaume Muxart, ya que abrió una ventana a la modernidad, aquella que tenía en Francis Bacon a su máximo exponente. «Creo que si en lugar de Barcelona estudiase en Madrid, mi discurso artístico hubiera sido diferente, Barcelona me abrió el camino a ese combate entre figuración y no figuración».

Aunque ahora está afincando entre Madrid y Santiago, entre las que reparte su tiempo, hay una ciudad que siempre ha supuesto un polo de atracción para él, Nueva York. Tras estar con una beca en Inglaterra y Holanda y caer en la enseñanza «por necesidades de supervivencia», en el año 92 dejó la cátedra en el instituto Xelmírez y cruzó el Atlántico. Estuvo un año en su primera estancia en Nueva York y después en períodos de dos o tres meses, «simplemente me gusta estar allí, me gusta esa sensación de que todo pasa desapercibido».

Y eso que no es una ciudad amable para los españoles, al menos en lo que a arte se refiere, «para ellos no somos ni europeos ni latinoamericanos, cualquiera tiene de entrada un acercamiento al mercado mucho mayor que un español», explica Quintana Martelo. «Te cansas de oír que tu trabajo no es americano. ¿Lo era Picasso? Para ellos ni Picasso ni Dalí eran españoles, sino universales». Y sin embargo, tras unos años en los que por distintos motivos no ha podido ir, «ya tengo ganas de volver», porque allí todo es posible «todo el mundo tiene una idea», concluye.

«Los artistas siempre han estado en crisis»

Manuel Quintana Martelo es el primer artista de la familia. Y eso que su padre decía que tenía un tío con habilidades «pero nunca he sabido qué tío era y a qué habilidades se refiere», recuerda a carcajadas. Lo suyo, simplemente apareció. Por eso cuando se le pregunta la edad dice que nació «en 1946, 200 años después que Goya, e igual me ha llegado algo». Su hija sigue otros derroteros, pero su hijo sí trabaja en el mundo del arte. Después de muchos debates optó por esta alternativa y recibió este consejo de su padre, «le dije que a lo que se dedicase lo hiciera bien, si quería hacer arte que lo hiciera bien, y si quería ser ladrón de bancos también», apunta con humor.

¿Sigue en eterna crisis el mundo artístico? Manuel admite que los artistas «siempre han estado en crisis». El actual es un momento delicado para un determinado tipo de creadores, aquellos que no alcanzan un precio muy elevado pero tampoco están de saldo. Porque lo que ha caído es el mercado de la clase media, aquel al que optaban las familias profesionales liberales con una buena posición, que ahora deben meditarlo más, «el de arriba no ha decaído, porque la gente que tenía mucho dinero aún tiene más, y así se ve en las subastas», recuerda.

La desaparición de la obra pública, además, ha afectado sobre todo a la escultura, y galerías y artistas lo han sufrido. Tampoco cree que los que empiezan lo tengan más o menos difícil. Quizás por un lado, pero por otro recuerda con añoranza sus comienzos, «porque de alguna forma éramos rompedores». El haber estado en una escuela de bellas artes que era rígida y en la que los alumnos tuvieron que luchar contra ciertos cánones fue una experiencia vital «es algo importante porque primero adquieres el rigor y la disciplina, y luego lo combates», concluye este creador.

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