Inmaculada Sánchez: «Santiago es la ciudad gallega que me supone menos limitaciones»

Reivindica más fondos para investigación genética asociada a enfermedades raras


santiago / la voz

Estudió Derecho en Santiago en los setenta y ahora regresó para cursar un sinfín de materias del ciclo sénior de la USC. Inmaculada Sánchez Leira (Pontedeume, 1958) es una mujer inquieta que vuelve cada fin de semana a la capital eumesa para atender su restaurante, Río Covés, un negocio de larga tradición familiar que dirige desde hace veinte años: «Es una recreación de la vieja cantina de mis padres, y antes de mi abuela. Quise recobrar los olores de mi infancia, como el de las mareas. Ahora espero que mi hija, Blanca, coja el relevo». La costrada es el plato estrella, que cocina ella misma: «Se trata de un plato medieval que introdujeron los agustinos en Pontedeume. Es una empanada que lleva varios pisos de bacalao, vieira, pulpo, langostinos, setas, pimientos y cebolla».

Esta empresaria, abogada y estudiante tiene movilidad reducida a causa de una enfermedad rara de carácter neurológico, pero que combate con energía. «Soy una persona muy positiva. Y la muerte brusca de un familiar cercano cuando me diagnosticaron me enseñó que yo tenía vida, así que debo aprovecharla dentro de mis limitaciones», según explica, al tiempo que reivindica más fondos para investigación genética asociada a enfermedades raras. A esta mujer, que lucha por «no rendirse nunca», le gusta moverse por las calles y plazas de la zona vieja, y «comprende» los problemas de accesibilidad en edificios y monumentos antiguos; pero señala el Ensanche -con una plaza de Vigo «inhóspita»- y los barrios como «mejorables» en este aspecto. «Yo no pretendo subir a los tejados de la Catedral -según advierte-, pero los bordillos altos y la ausencia de pasamanos en las escaleras son barreras para personas como yo, que necesitamos ayudarnos de un bastón. Es como en las piscinas públicas, que solo tienen una escalera de barco en vez de una de construcción, acceso que incluso agradecería cualquier persona mayor de sesenta años. La gente tiene derecho a la autonomía personal en estos espacios», reivindica.

Igualmente, se muestra crítica con las facultades y centros universitarios que frecuenta, como Historia o la Casa de la Balconada, cuya escalera de fábrica tiene una baranda a la que resulta imposible sujetarse.

Por la accesibilidad universal

Firme defensora del principio de accesibilidad universal, Inmaculada es una «apasionada» de la zona vieja, hasta el punto de haber elegido esta ciudad para su jubilación: «Santiago es la ciudad gallega que me supone menos limitaciones». Desde la infancia, sus viejas pinturas son su «refugio» y el modo de «expresar» sus sentimientos. «Procuro explicar con imágenes caóticas viejas historias que mi padre contaba», según cuenta. Sus cuadros, de colores intensos, reflejan escenas costumbristas de «antaño, como las antiguas tascas, tiendas de ultramarinos y coloniales, el viejo estanco de preguerra, las costureras…». Recuerda que la tienda de su padre tenía el suelo ajedrezado y cómo se subía ella a las aceiteras, «cuchillo en mano», para alcanzar un chorizo que luego se comía con un trozo de pan: «Papá, que llevaba las cuentas escritas sobre el blanco del mármol, levantaba la vista por encima de las gafas y me dejaba hacer». Pintar le proporciona «sosiego»; la obra acabada, «satisfacción e inquietud por expresar más»; y contemplar las pinturas del Museo del Prado, «paz».

Del ser humano valora la lealtad, «porque lo engloba casi todo», y en el ámbito laboral, la profesionalidad y el trabajo bien hecho. Florencia y Venecia la «impactaron» por su dimensión cultural; de Londres pondera el civismo de su modo de vida y su «accesibilidad»; y Samaná (Santo Domingo) le dejó como huella la «libertad» que le hizo sentir la humildad de sus gentes.

La protagonista. Inmaculada Sánchez Leira, natural de Pontedeume y afincada en Santiago, es empresaria, abogada y estudiante con movilidad reducida a causa de una enfermedad rara de carácter neurológico.

La frase. Sánchez Leira denuncia que «los bordillos altos y la ausencia de pasamanos son barreras para personas como yo».

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