Un poni


El semáforo, como la muerte, nos iguala a todos. Es obligatorio parar con la luz en rojo, con independencia del nivel de riqueza, así que tal vez ese dispositivo de control del tráfico, inaugurado en Londres en el siglo XIX, haya contribuido a la causa socialista más de lo que podamos imaginar. El otro día, se detuvo a mi lado un lujoso descapotable. Sus ocupantes, dos turistas, me hicieron una señal con el dedo y me preguntaron por el camino a la Catedral. Se dirigieron a mí en un tono extraño, algo vanidoso, como si estuviera ahí para atenderles, igual que un camarero o alguien que reparte pañuelos o limpia parabrisas. Ni dieron las gracias. A mí lo que me impresiona, en realidad, son los peregrinos que llegan a caballo, con ese trote suave y rítmico, distinguido. Pocas cosas hay más elegantes que entrar al galope en el Obradoiro. Por una simple cuestión de altura, solo los jinetes deberían mirarnos por encima del hombro. Aquel día, al abrirse el semáforo, me acordé del aventurero suizo Aimé Tschiffely. A lomos de sus dos caballos, Gato y Mancha, dos criollos argentinos, viajó de Buenos Aires a Nueva York. Una travesía que duró tres años, cuatro meses y seis días. Después de 500 etapas, y tras recorrer 21.000 kilómetros, cruzó la Quinta Avenida de Nueva York un 22 de septiembre de 1928. Aquella tarde, el tráfico se paró en honor del jinete y de sus caballos, recibidos como héroes. Sin querer, los del descapotable en el semáforo me habían llevado a la increíble y hermosa proeza de Gato y Mancha, y entonces me di cuenta de que esos dos turistas, en realidad, habían entrado en Santiago subidos en un poni.

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