Los calcetines


No hay nada más parecido a nosotros que una pareja de calcetines. Ambas prendas inician su andadura perfectamente abrazadas, hasta formar una compacta bola, y a medida que pasa el tiempo envejecen. Entonces aparecen los hilos, como las arrugas, o los agujeros, como las enfermedades. Hay calcetines que en algún momento de su vida deciden separarse, dejar a su pareja, y acaban cualquier día sueltos por el cuarto de la plancha, sin que nadie sepa el destino de su compañero. Reparé en esto el otro día, cuando abrí un cajón justo al lado de la lavadora, y me encontré una veintena de calcetines recién divorciados. Ahí estaban, tumbados, ajenos a cualquier responsabilidad, fuera de su armario y estrenando nuevo estado civil en su flamante piso de solteros. La mayoría de las prendas desparejadas eran las más nuevas, las de mis hijos. Y aquí tal vez haya otro paralelismo con nuestras propias vidas: son precisamente las relaciones de los más jóvenes, muchas en la adolescencia, las más efímeras. A los calcetines de mis pequeños tampoco les gustan las ataduras, y empiezan las cosas y las dejan cuando les viene en gana. A veces se encuentra la pareja perdida, pero no suele ser lo frecuente. Cerré el cajón del cuarto y preparé las bolsas para que los niños bajasen a jugar al fútbol. Cuando llevaba un rato en el parque, me encontré a un vecino al que no había visto en todo el invierno. Ahí estaba, con sus dos hijos, sentado en un banco. Al cabo de un rato, cabizbajo, me confesó que acababa de separarse. Hacía un día de mucho calor. Y me fijé en sus pies. Iba vestido con chanclas, pero no llevaba calcetines.

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