¡Gracias, señor Luciano!


Nunca pensé que podría decir esto: ¡Gracias, señor Luciano!. Se lo digo de todo corazón, porque sus palabras sobre la sentencia de La Manada y su particular visión de las mujeres está consiguiendo el efecto contrario de lo que usted pretendía. Y así, sus minutos de ignominia, que para usted serán de gloria, despejan cualquier duda de cuáles deben ser los límites a la libertad de expresión de alguien que habla con la aquiescencia que le da su tarima como docente, que no decente, de la Universidade de Santiago.

Gracias señor profesor por evidenciar que la radicalidad femenina no está a su altura, y que, con discursos como el suyo, hombres y mujeres que hasta ahora creían que la desigualdad no era tanta se están poniendo de nuestro lado porque les ha abierto los ojos como si fuesen platos.

También le estoy agradecida por recordarme que aún quedan personas que piensan como usted, aunque yo viva en un entorno en el que la reprobación de sus palabras generen un grito unánime. Y, sobre todo, gracias por demostrar que su parafernalia y su discurso llaman la atención porque son más excepcionales de lo que a usted le gustaría.

Gracias por evidenciar que la lucha continúa. Y que, por primera vez en años, nuestro ejército, que combate no con balas sino con derechos, va por buen camino, sin derramar ni una gota de sangre, como el 8M.

Eso sí, lo que no le perdonaré jamás, señor Luciano Méndez, es que su verbo avergüence por igual a picholeiros de distinto pelaje, compostelanos de adopción y a toda la USC. Bueno, a toda la universidad, menos a usted.

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¡Gracias, señor Luciano!