El Macmáster


Hay lugares que frecuentamos durante años y a los que rara vez se vuelve. Pasamos cerca de ellos, casi a diario, pero para nosotros son como un territorio remoto, de otro tiempo lejano y olvidado. Algo así me sucede con la cafetería del SEU, delante de la Facultade de Dereito. Conduzco por allí muy a menudo, aunque solo me detengo en los pasos de cebra: entonces miro a los estudiantes, como a los Beatles, que cruzan por su Abbey Road camino de clase; para mí son unos críos, pero quizás ellos se vean ya demasiado mayores. El otro día aparqué el coche muy cerca y entré en el SEU. Tal vez hiciese 20 años que no cruzaba aquella puerta. Olía igual que entonces, a ese aroma que desprende el pan de molde untado en mantequilla y que luego se calienta en una plancha. Diría que es un olor como a sándwich mixto. Salvo una reforma del establecimiento, todo seguía igual. Idéntico ambiente, las mesas llenas, la barra en el mismo sitio. Realmente, era yo el que había cambiado. En cierto modo, me sentí como si me hubiera colado un sábado en la sesión de tarde de una discoteca. Fue una impresión absurda porque allí también toman café los profesores. Me senté en una mesa vacía y miré la carta. Era como hace 20 años: el epígrafe de desayunos, bocadillos y hamburguesas; el café, el zumo y el croissant. Entonces, de repente, me di cuenta de algo que sí había cambiado. Como en una alucinación, vi que en esa carta había también un apartado de másteres: a la plancha, fríos, con lechuga, tomate y cebolla, e incluso con queso. No tenía mucha hambre, y pensé: seguro que están riquísimos.

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