Buena cara


En Santiago siempre se echa de menos el sol. No es una sensación personal, las estadísticas revelan que en Compostela llueve más días y que cae más cantidad de agua que en Londres. Ya se sabe que unos tienen la fama y otros cardan la lana. Y aquí la cardamos pero bien. De vivir una sequía de las más severas que se recuerdan, de estar pendientes del cielo y de los embalses y de calcular con angustia cuánta agua nos quedaba para abastecer el consumo humano pasamos al extremo opuesto de un día para otro. Han sido meses muy duros. De caer agua un día tras otro y tras otro. De no ver el sol, porque cuando no llovía el cielo estaba cubierto por un inmenso gris que tan solo cambiaba para tornarse a negro. Y ahora por fin ha llegado la primavera, aunque no sabemos por cuánto tiempo se quedará. En este rincón de Europa tiende a comportarse como una visita fugaz, de las que no se quedan el suficiente tiempo como para empezar a molestar. Estos días de calor nos han pillado con el pie cambiado. Con el pulóver y el abrigo de invierno aún puestos y, claro, han llegado los primeros sofocos que, lejos de molestar, hasta se añoraban. No negaré que en Galicia la lluvia es arte y que en Santiago ha hecho un master. Uno de verdad, en la USC, no como el de filfa de la Cifuentes en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Pero a mí me sigue gustando más el sol que la lluvia. Más el calor que el frío. Y mucho más la playa o un buen día de navegación que la mejor pista de esquí. Uno de los secretos de la felicidad es tomar con agradecimiento lo que la vida nos da. Nos da sol. Genial. Y cuando vuelva la lluvia, buena cara.

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