Las uñas


En San Lázaro se subastan las uñas del cerdo como si fueran un cuadro de Modigliani. Es una puja popular, pero cargada de glamur. Siempre aparece alguien dispuesto a pagar hasta 20 euros por la mejor pareja de pezuñas. Se trata de una tradición antiquísima, que todavía sobrevive, y en la que un barrio rinde homenaje al santo que le da nombre. Así ocurrió el pasado fin de semana, como es costumbre, y a la de una, a la de dos y a la de tres, se fueron adjudicando los lotes. El subastador levantó la mano con las mejores piezas, igual que un mago que descubre un truco imposible. De alguna forma, estamos ante un fenómeno inexplicable. Lo que en todas partes son manitas del cerdo, en San Lázaro se convierten en veneradas y sabrosas uñas. Es algo prodigioso y que tal vez debamos empezar a contar por el mundo. Allí se dan cita cada año vecinos, curiosos, algunos de los mejores restauradores y, cómo no, los cazadores de votos.

Reparé el otro día en que nunca había probado las uñas. Lo confesé en alto. Alguien a mi lado quiso desmentirme y me dijo que era la pata de cerdo de toda la vida. Ah, exclamé. No fue el único que me interpeló para arrinconarme. Otro aseguró que en los bares de carretera de ambas mesetas, en el medio de la nada, las ponen de tapa. Las manitas de cerdo en salsa que Arguiñano llevaba décadas cocinando en la tele, dijo. No tenía razón. No he probado nunca ese plato: con su patata, con su chorizo y, sobre todo, con lo que llaman bertóns, una verdura que no es grelo ni repollo. En realidad, yo no he probado nunca un cuadro de Modigliani, pero debe estar riquísimo.

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