Caderas


Periódicamente oigo la misma secuencia. Una persona mayor, casi siempre una mujer, que vive sola en su domicilio y consigue realizar todas las actividades de su vida diaria, se cae. Diagnóstico: fractura de cadera. En realidad puede que la caída sea posterior a la rotura, y no al revés. Hospitalización y ya no hay vuelta al hogar. Puede que un familiar acoja a esta madre, abuela, tía o hermana, o su próximo destino es la residencia de la tercera edad.

Entre la hospitalización y el cambio de domicilio, el deterioro cognitivo suele ser notable. Es una cuesta abajo. En algunos casos, con mucho apoyo, la persona remonta y consigue volver a su domicilio, allí donde se siente bien. Pero no nos engañemos, son la minoría.

¿Qué hacer para evitar este terrible desarraigo familiar? Es hora ya de que situemos a un enorme colectivo de la población en el lugar que le corresponde. Que nos dejemos de hablar del empoderamiento de los mayores y los empoderemos de verdad. ¿Qué tipo de empoderamiento se esconde tras una subida del 0,25 % en las pensiones? Los trabajadores de la Justicia piden 190 euros más al mes. Al jubilado medio en Galicia le suben menos de dos euros. Los funcionarios han visto cómo su sueldo se congelaba con la crisis. Los pensionistas también.

La dichosa cadera trunca la vejez de muchos mayores. Su autonomía pende de una fina cuerda. Quizás la cadera es la metáfora de cómo las mujeres mayores de Galicia han sido hormiguitas durante toda su vida con su trabajo y dedicación, y han logrado mantener su independencia casi sin recursos. Por eso que una cadera las aleje de su hogar es una injusticia social.

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