Carlos Álvarez Varela: «El edificio de San Martín Pinario es el gran desconocido de Santiago»

Lleva una década al frente del Seminario, que celebra su 150 aniversario en la sede

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santiago / la voz

Es el anfitrión de una «casa» que tiene 23.000 metros cuadrados. Solo a Felipe II se le ocurrió hacer en El Escorial un monasterio más grande. Pero Carlos Álvarez tiene poco que ver con el monarca. Es humilde y amable y, «sin ser Einstein», vive la vida «feliz» tras treinta años de sacerdocio. Y concibe San Martín Pinario como una «gran vecindad» en la que conviven el Seminario, que él dirige; el Instituto Teológico; Traballo Social, «que trajo el cardenal Rouco»; el Archivo Diocesano; la Vicaría de Enseñanza; la vivienda del obispo auxiliar; y la Hospedería, por donde pasan 50.000 personas al año.

En la calle llueve a raudales, pero su despacho sorprende por acogedor, como otros rincones del edificio, «que es lo que vale de verdad. Los que estamos dentro solo lo gestionamos». Tras estudiar en Ourense y Madrid, y después de patear algunas parroquias pontevedresas, llegó a Compostela. Pasó por el Seminario Menor cinco años y Julián Barrio lo llamó para hacerse cargo de la cantera sacerdotal en el verano del 2007. Ahora quiere abrir con criterio las puertas del monasterio sin perder de vista los objetivos que le pusieron delante: «Lo primero es que haya vocaciones, porque de otra forma perderíamos la identidad, y eso es lo peor, pero acercarnos a la sociedad a través de la cultura no está reñido con la labor religiosa, al contrario».

En estos momentos viven allí 22 seminaristas. El problema de vocaciones es evidente, pero también «histórico». Álvarez echa mano de un artículo periodístico de los años 30 en el que el arzobispo ya llamaba la atención sobre la falta de sacerdotes. «En realidad -explica recurriendo a una tabla estadística- solo hubo exceso de curas entre el año 56 y el 66. Fíjese, en muchos años de distintas décadas no hubo ninguna ordenación», así que ha decidido asumir el reto con «serenidad», preocupándose más por la calidad de la formación que por la cantidad, y tratando de que los que están, sean muchos o pocos, salgan con solidez personal y académica, «que estén pegados al mundo de hoy aunque después tengan que atender diez parroquias cada uno».

La ciudad, sostiene convencido, es una plaza de formación religiosa de prestigio, por la tradición «y por la calidad del profesorado», y va completando las aulas con alumnos captados de otras diócesis que sí están en franco retroceso.

Confiesa que vino «encantado» para Santiago, y que a pesar de las responsabilidades del Seminario sigue haciendo lo que más le gusta, «escuchar a la gente y ayudar». Tiene una madre con 94 años «que está bárbara» y una gran familia detrás que sigue siendo un inestimable cordón con la realidad, en la que está convencido de vivir: «Soy muy normal y me gusta la gente normal, con cortesía, sin complicaciones y sin cumplidos».

Hace 150 años, el cardenal Miguel García Cuesta decidió trasladar el Seminario a Martín Pinario desde su ubicación original, el actual instituto Rosalía. Es el motivo que le ha llevado a abrir el edificio a la sociedad, «pero si no fuera un aniversario redondo lo haríamos también». Su empeño ha permitido incorporar a estudiantes de másteres de Historia para las visitas guiadas, que van a ampliar a cuatro turnos diarios durante diez horas, además de ampliar el recorrido interno por rincones desconocidos. La factura de la luz ha crecido, y eso cree que es buena señal, «porque estamos abriendo espacios para dejar de ser el gran desconocido de Santiago. Hay vida después de la Misa del Peregrino», dice sensibilizado con los problemas de masificación de turistas que vive la catedral. En San Martín, desde luego, caben un buen puñado de ellos.

«Preparamos una exposición de la ciudad a través de sus monasterios»

Carlos Álvarez insiste, al principio y al final del encuentro con el que escribe, en que quede bien patente la implicación de toda la comunidad que es San Martiño en su apertura al público y a los nuevos tiempos, incluyendo a los seminaristas. El rector está convencido de que la cultura es el gran canal de comunicación con la sociedad, como se demostró en el reciente concierto del coro de Princeton Glee Club, celebrado en la iglesia con la asistencia de cientos de personas. «Pero preparamos más cosas», advierte. La más impactante será una muestra en la que trabajan desde hace tiempo y para la que buscan el último empujón. «Hemos habilitado la entrada por los antiguos graneros del edificio para montar una exposición de la ciudad a través de sus cinco monasterios», para la que han tenido colaboración de las monjas para vestir cinco maniquíes que llevarán sus hábitos. La idea sería abrirla hasta finales del año santo 2021 y poner así a San Martín en el puesto que le corresponde como joya arquitectónica que es, solo superada por la catedral.

Pero para abrir al público con nuevas muestras y conciertos hay que prepararse, así que tienen en la agenda una limpieza a fondo de la iglesia, hacer reparaciones en las cubiertas, recuperar las pinturas murales de la capilla del Socorro y restaurar tres retablos «para recibir a peregrinos y visitantes en mejores condiciones». ¿Encuentra San Martín respuesta por parte de las instituciones? «La concejala de Cultura, Branca Novoneyra, es encantadora; igual que la gerente del Consorcio. Todos, también nuestros interlocutores en la Xunta, tienen sensibilidad». Carlos Álvarez no va a presionar a nadie, no es su estilo. Él cree que en la vida todo se va encadenando. Esta página podría ser otro eslabón.

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