Los monarcas


El Fonseca y el Rodríguez Cadarso, al sur de la ciudad, sobreviven como viejos palacios de otro tiempo. Una época en la que la nobleza estudiantil sometía al pueblo y campaba a sus anchas, esplendorosa, como si la juventud fuese un estadio eterno de la vida. En esos colegios mayores vivían los universitarios y las universitarias, como reyes y reinas, en sus alcobas. Y allí desayunaban y comían y cenaban, y hasta organizaban sus fiestas. Aquel antiguo régimen, majestuoso, se derrumbó casi sin darnos cuenta. Pensamos que duraría para siempre. Cuando corre el vino, cuando se descorchan botellas, nadie imagina que alguien apagará la luz algún día. Las facultades se propagaron en un absurdo modelo de franquicia, florecieron por las esquinas, como pizzerías o videoclubes, y aquellos colegios mayores, levantados en la primera mitad del siglo pasado, perdieron su encanto. También mejoraron las comunicaciones y la tecnología. Y así nació una revolución, silenciosa y progresiva, que fue agrietando los pilares de aquella fastuosa monarquía, que tenía a los universitarios de Santiago como reyes absolutos. Las fiestas de aquella corte son hoy parte de la historia de esta ciudad, tal vez recuerdos para engrosar el contenido de las guías turísticas. Algunas mañanas, temprano, tomo café en el bar del colegio mayor Rodríguez Cadarso. Un edificio de Jenaro de la Fuente, inaugurado en 1940. Fue residencia masculina, luego femenina y, a mediados de los ochenta, pasó a colegio mixto. Cuando paro ahí, todavía me encuentro algunos estudiantes. Los hay que visten con visera y chándal, pero ya nadie lleva corona.

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