«O insulto vexa a negros e a brancos»

Carlos Otero acude los fines de semana a ver arbitrar a sus colegiados y confiesa que lo pasa mal


santiago / la voz

Carlos nació en el Hospital de Conxo y en su época infantil jugó al fútbol y a los trompos en Romero Donallo, en el descampado donde está naciendo hoy un polígono. Estudió en el Seminario Menor, como externo, y en dirección al centro corría por la Virxe da Cerca para ganarle al autobús. Y le ganaba, claro. En Belvís había «sarxentos». No desmiente que igual le vino bien eso para su futura labor arbitral. Sin vocación por el curato, a los dos años se salió del Seminario.

Y a los 17 comenzó a arbitrar partidos de fútbol. Le metió el gusanillo en el cuerpo un árbitro de tercera, Evaristo Puentes Leira, en un cámping de Boiro. Se informó y se apuntó. Años más tarde, Puentes arbitraba en primera y Carlos le acompañaba a veces como cuarto árbitro.

Sus primeras correrías como colegiado se localizaron en el mundo aún selvático de las categorías inferiores, con continuas agresiones a los jueces. El césped atemorizaba: «A min non me deu moito medo porque logrei certa empatía cos equipos». En la etapa directiva de Medín Prego hubo un giro radical y se endurecieron las sanciones. Eran los años 90.

Carlos alcanzó la segunda B, en la que se mantuvo ocho años y le permitió viajar por España adelante junto con su maleta de cuarto árbitro. Era un buen colegiado. «Pero faltábanme 15 centímetros», apostilla. La estatura le cortó su ascensión: «Non está escrito nin ninguén o di, pero a altura limitoume á hora de ascender. Non mo dixeron, pero foi así». Todos los árbitros están cortados por el mismo patrón: «Miden entre 1,75 a 1,85». Él no aplica la cinta métrica a la hora de elegir y designar a sus árbitros.

Sin dejar el arbitraje en 2ª B, fue nombrado delegado de árbitros de Santiago en la Semana Santa del 2005: «Pitei dous anos sendo delegado e esa conxugación fíxome entender ben aos árbitros, porque seguía a dirixir partidos. Iso valeume moito».

Presencia en los campos

En la delegación de Santiago eran «catro gatos» y, al cabo de un tiempo, los aspirantes crecieron y Otero ya podía elegirlos por su nivel. «Todos os domingos vou presenciar dous ou tres partidos para ver aos meus árbitros, porque cando eu o era gustaríame que me viran». Eso sí, «pásoo mal, porque vexo as dificultades e apuros que pasan polo feito de adoptar decisións».

Una de sus batallas es lograr que los insultos se equiparen. Hay un protocolo, lógico, para evitar discriminaciones racistas, pero insuficiente: «Os insultos ou intentos de agresión doen e vexan por igual a un árbitro de cor que a un galego branco ao que lle chaman fillo de p. As sancións teñen que ser as mesmas».

El momento más dramático de su cargo fue cuando llegó Iglesias Figueroa a la dirección de los árbitros gallegos y, sin contar con nadie, le transmitió el cese a varios delegados, entre ellos al de Santiago. Pero el ámbito capitalino fue una muralla. Los árbitros de la zona de Compostela, nada más enterarse del cese, se levantaron en armas y convocaron una huelga. Rafael Louzán le pidió a Carlos que hablase con ellos para que pitasen los partidos, pero Otero se negó sin la destitución de Figueroa que pedían los colegiados: «Eu non son unha persoa manexable». Figueroa se fue y Carlos fue repuesto.

El resultado no cayó en terreno estéril: «Grazas aos árbitros de Santiago saíron beneficiados todos os de Galicia».

El área de Santiago (que se extiende a Lalín, Boiro, etcétera) cuenta con 150 colegiados: «Somos das delegacións punteiras».

Nombre. Carlos Otero Álvarez nació en el Hospital de Conxo.

Profesión. Árbitro, delegado de Árbitros de Santiago y empresario hostelero.

Rincón. La sede de la delegación de árbitros de Santiago porque siente con pasión la faceta arbitral.

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