Deseos 2018


Año Nuevo y deseos de felicidad aquí y allá. La gente sonríe y saluda. La hipocresía se convierte en el factor dominante. Todo el mundo lo sabe, pero todo el mundo lo acepta: son las reglas del juego. Así que voy a unirme a los buenos deseos expresados urbi et orbi y les deseo un feliz año a los 150.000 refugiados saharauis -un día, españoles- que se seguirán pudriendo en el desierto argelino estos doce meses mientras la comunidad internacional se ha olvidado de ellos y de su referendo de autodeterminación.

Un próspero 2018 a los ultraderechistas polacos, ahora en el poder, que con ahínco y decisión están convirtiendo su país en un ejemplo de cómo se camina hacia una dictadura sin que la UE se atreva a darles con la puerta en las narices.

Se lo deseo también a aquellos que quieren ser funcionarios de esta universidad para que en este 2018 se incremente el matiz endogámico y cerrado de la institución. Un año entero de felicidad espero que tengan los padres que, discutiendo si son galgos o podencos, quizás se atrevan a controlar los wasap de sus hijos. Por cierto, esos padres son los que pagan el móvil -que parece ser que alcanzó la categoría de intocable- y su tarifa mensual, detalle claramente irrelevante.

Feliz 2018 a los venezolanos, que vivirán próximamente en un régimen donde los molestos derechos humanos han sido desalojados de una manera radical, con el apoyo tácito de una oposición que se dedica a pelearse entre ella. Y, en fin, felicidad eterna al menos durante 52 semanas a quienes disfrutan mensualmente del salario mínimo: ya pasan a cobrar un poquito más de 10.000 euros al año.

Lo dicho: ¡A celebrarlo!

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