La carballeira que mira a la Catedral y a Fisterra

Por sus calles y robledas caminan los peregrinos de la única ruta que tiene a la ciudad como punto de partida, no como meta

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La carballeira de San Lourenzo es incluso más antigua que el pazo que lleva su nombre. Se cree que el edificio solariego se construyó como lugar de retiro del obispo de Zamora, Martín Arias, que en el siglo XIII se enamoró del entorno y ordenó construir un monasterio que más tarde pasaría a manos privadas y hoy es lugar de encuentro de los privilegiados comensales que acuden a sus eventos. Tan espléndida es la estampa a un lado del muro como al otro. La capilla del pazo conserva un magnífico retablo procedente de Sevilla y un civilizado laberinto vegetal contrasta con la agreste naturaleza del exterior, donde el protagonista absoluto es el carballo.

Alrededor de ese entorno del que parte el Camiño de Fisterra, a orillas del tramo más hermoso del Sarela, viven un conjunto de privilegiados vecinos que, en algunos casos, nacieron a la sombra de los árboles centenarios, pero en otros, se asentaron en el lugar tras adquirir alguna de las viejas casas de dos plantas con huerta incorporada a un tiro de piedra de la catedral de Santiago.

Hoy, vivir en San Lourenzo es un lujo, pero no siempre fue así. Las viejas fotografías del ganado pastando entre los árboles y de las romerías que una población empobrecida celebraba cuando buenamente podía, contrastan con las comodidades de las viviendas rehabilitadas. La memoria y las vivencias de vecinos como Roque -que nació en el número 29 de la calle y ahora vive en el 41, nunca se fue muy lejos- dan fe de cuánto les cambió la vida en tan solo unas décadas: «Antes, máis que bisbarra era unha zona rural; aínda que estaba a 800 metros da Catedral, nós diciamos que iamos ao pobo. Isto era unha lameira e a xente tiña animais na casa, os soltabamos na carballeira, alí pasaban o día e pola noite os recolliamos». El progreso, como casi siempre, le restó algo de encanto y Roque añora algunas cosas. «Non había auga corrente nin asfaltado e a luz eléctrica era moi mala, pero como non se coñecía outra cousa, adaptabamonos, había máis unión e facíase máis vida na rúa. De feito, eu aquí fun feliz».

Esa felicidad contagia, no cabe duda. Y la prueba es que el presidente de Río Sarela, la asociación vecinal de San Lourenzo e Carme de Abaixo, se llama John Brokenbrow. Natural de Briston, al sureste de Inglaterra, por motivos laborales, se trasladó a España, y encontró su hogar en San Lourenzo. «En Briston vivía con mis padres en una calle que se llamaba Camino del Peregrino, no sé si estaba escrito en las estrellas», dice. Sea o no cosa del destino, está encantado. «Es una ciudad perfecta para tener una familia».

Okupas a orillas del río

No todo es perfecto en el barrio, a entender del presidente de la asociación vecinal. Tienen algunos problemas de convivencia con un grupo de okupas instalados en casas abandonadas a la orilla del río. «Pero ya nos vamos a reunir con el Concello para ver si le encontramos una solución». Cree que lo mejor es ser puerta de partida de la ruta hacia Fisterra, cada vez con más afluencia de peregrinos interesados en el antiguo camino pagano, anterior al religioso, que finalizaba allí donde se acababa el mundo conocido y comenzaba el abismo. «Esto parece una autopista», dice con humor en referencia a los caminantes que todos los días cruzan la carballeira y enfilan por la alegre vereda del Sarela, quizás el tramo mejor conservado del río. «Y es un barrio plenamente integrado en la naturaleza, a los pies del Pedroso y a diez minutos del centro de la ciudad».

La asociación trabaja en la revitalización de la comunidad, con la organización en verano de la Feira da Tea, que pretende recuperar un antiguo mercado textil que se celebraba en la carballeira. Lógico que Martín Arias se haya enamorado de San Lourenzo. No fue el único.

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