Tasa al excursionista


Tasa es una palabra que genera siempre desafectos. No nos gusta pagar, eso es así. Pero sin ellas no habría nada. Nada de lo que tiene que haber. Servicios públicos, en definitiva. La tasa turística que quiso aplicar el gobierno local de Santiago cumple todos los requisitos técnicos y filosóficos que se le pueden exigir a un impuesto que busca gravar a aquellas personas que hacen uso por unos días de todo aquello que les ofrece la ciudad. Es necesario que contribuyan a la limpieza de las calles, a la rehabilitación del patrimonio o a sufragar la Policía Local de la que también se sirven. La Xunta negó la posibilidad de esta tasa y los de Martiño Noriega, como respuesta, se han sacado de la manga una tasa al excursionista que técnica, jurídica y filosóficamente plantea muchos problemas. Porque solo gravaría a unos excursionistas y a otros no. Solo a los que lleguen en viaje organizado y en autobús a la dársena de Xoán XXIII. Pero no a los que lo hagan a pie, en su coche, en tren o en avión. Unos sí y otros no. Insolidaridad. Injusticia. Tiene algo de portazgo. De impuesto medieval cobrado por entrar en la ciudad. Si Compostela Aberta no da marcha atrás cometerá una equivocación. La misma que está cometiendo la Xunta impidiendo la tasa turística, que ya se está cobrando en otros lugares de España o en países tan turísticos como Italia. Pero es San Caetano y no Raxoi quien tiene esta competencia. Y si algo nos están enseñando estos días de ignominia en Cataluña es que no todo vale para lograr los fines políticos. La ley y el respeto entre administraciones no deben ser esquivados.

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