Érase una vez... la ciencia

El colectivo de divulgación The Big Van enseña cómo contar ciencia de manera que todos puedan entenderla y disfrutarla

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santiago / la voz

Hace 25 años, un grupo de ganaderos le preguntó a Ramiro qué era eso del Ph. Él solo sabía decirles que era la acumulación de hidrogeniones. Que para Ramiro era obvio, qué otra cosa va a ser el Ph, pero para los ganaderos... Pues no. Ahí fue cuando se dio cuenta de la importancia real de una palabra que se pronuncia mucho pero que quizá habría que poner en práctica incluso más: divulgación. Por eso, Ramiro se subió ayer a la caravana de The Big Van, un colectivo de investigadores que se dedica a enseñar ciencia a los que no son científicos. También se montaron en su furgoneta Vicky y Cecilia, las dos profesoras. La primera porque quiere que sus clases de matemáticas sean lo más amenas posibles. Cecilia, pues lo mismo, pero dice que «si aprendo mucho, monto un Big Van Senior y dejo las clases».

Ramiro, Cecilia y Vicky comparten hasta mañana clases con Paulo, de 19 años y el más joven del grupo. Con Uxío, que reconoce que el primer día, a las 9 de la mañana, poco tiene que aportar a este curso. Y con una mayoría casi abrumadora de estudiantes de Farmacia, el grado más repetido en las presentaciones iniciales para romper el hielo. Pero sobre todo comparten aula con Helena, Héctor y Oriol, los tres doctores, los tres cuentistas y los que hasta el viernes les enseñarán lo máximo posible sobre cómo contar ciencia y cómo contarla de manera que todos puedan entenderla. Y sobre todo disfrutarla.

Es el objetivo del curso de verano de la Universidade de Santiago Contar a ciencia que dirigen Eduardo Sáenz Cabezón y la profesora de la Facultade de Matemáticas Victoria Otero, que ayer defendió que en todas las titulaciones tenía que haber una asignatura obligatoria sobre cómo comunicar de la mejor manera posible lo que se hace en los laboratorios. El viernes, cada uno de los alumnos de este curso será capaz de hacer una pequeña pieza, un monólogo de entre tres y cinco minutos sobre el tema científico que más le interese. Ramiro, que contó la anécdota de los ganaderos para presentarse, no tiene escapatoria. ¿De qué otro tema iba a hablar sino? Pues del Ph.

¿Tres minutos? ¿Eso es «pequeñas piezas»? Da miedo. Pero pasa rápido. Además, «aquí vamos a estar en familia», les explicaba Helena González Burón. Lo que pasa en Big Van, se queda en Big Van. Así que había llegado el momento de perder el miedo -y la vergüenza- de reconocer que uno se sabe todos los nombres y las identidades secretas de los X-Men y de dar el primer paso: escoger el tema que más les apasiona para apasionar a otros con él. Y centrarlo bien. Porque la materia oscura puede volverse una materia sí, realmente oscura para quien no la domina.

Ojo. Que monólogo significa que solo habla una persona, no que haya que convertirse en el rey de la comedia en tres días. «En lo más alto está el contenido», explicaba Helena. El contenido y el rigor de lo que se cuenta. Si alguno de los alumnos descubre que en su interior hay una Eva Hache o un Goyo Jiménez, pues fantástico. Que vaya preparando los gags. Porque se puede contar con humor, sin humor, y con diferentes estructuras narrativas. El caso es contarlo bien.

Porque esa es otra. Que parece que los científicos -y más los que son profesores- escoran siempre hacia el libro de texto: con su introducción, con su metodología, con su hipótesis, con sus conclusiones... Y divulgar ciencia en salirse también de la clase magistral para dar lecciones, pero de otra manera. Solo hay que imaginarse un teatro un sábado cualquiera por la noche: habrá familias con niños más o menos pequeños. También algún abuelete que se ha acercado a ver qué pasa, parejas, grupos de amigos... Y hasta un catedrático de la especialidad de la que se va a hacer un monólogo y que cruza la puerta para ver qué cuentan. Y hay que contarlo. Para todos.

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