Javier Sánchez-Agustino: «Santiago es un Madrid en pequeño»

Letrado de profesión, vive enganchado a la política, a veces a su pesar y sin cobrar


Santiago / la voz

Javier Sánchez-Agustino es un radical. Un radical de su mujer y de sus dos hijas; de la Ruta do Mar de Arousa; de su padre, que se empeñó en poner ese itinerario marítimo en el mapa; de sus amigos del colegio Peleteiro, a los que sigue viendo de forma sistemática desde «párvulos»; y de Santiago, la ciudad que acogió a él y a sus seis hermanos en 1971 cuando tenía tres años y que considera «magnífica» para vivir. Por lo demás, es un perfecto viejoven bastante moderado, correcto en el uso de las palabras y con ideas propias, y quizás precisamente por esta última característica hoy ya no forma parte del Partido Popular y se ha convertido en el portavoz de Ciudadanos en Galicia. Y eso que dice que, desde que es padre, ha abandonado los deportes de riesgo, principalmente la bicicleta y la montaña, de la que disfruta por temporadas en la sierra de Gredos, en Ávila, buscando los orígenes familiares y donde se siente bien «por genética».

Pasó 25 años al servicio del PP y acabó marchándose por incomodidad, suya «y de ellos». No se le puede culpar, pero fue de los primeros en intuir que con Gerardo Conde Roa se avecinaba un «bochorno» para la ciudad que él trató de vivir desde la distancia. Se quedó a las puertas del poder local y nunca cobró de la política, salvo la indemnización por acudir a los plenos, y por eso le sorprende que haya gente que todavía piense que se sumó al carro de Ciudadanos para seguir chupando de un bote que no existe. Las horas de tertulias radiofónicas defendiendo con espíritu crítico las posturas conservadoras tampoco se las pagaron, pero de aquella época guarda un buen puñado de números de teléfono de periodistas con los que mantiene un aprecio mutuo y con los que habla sin mediadores, para enfado de los jefes de prensa.

A pesar de su flamante cargo en la formación naranja, declina la posibilidad de que la política centre esta página. Porque ese puesto, como otros episodios que le han ocurrido en la vida, le llegó casi sin querer y con pocas oportunidades de decir que no. Tampoco escogió, por ejemplo, vivir el Ensanche. Esa fue una decisión de sus padres, pero la asume, y se siente inmune a los comentarios despectivos sobre su estética, «porque allí crecí y allí jugué». Su afirmación tiene truco, porque en realidad donde pasó tiempo fue en el colegio y en el enorme patio trasero del edificio Zafiro, uno de los pocos de la zona que tenía viviendas con capacidad para una familia numerosa que años después de la mudanza aún regresaba todos los fines de semana a Vilagarcía.

Con toda la presencia mediática que ha tenido Sánchez-Agustino en las últimas dos décadas muchos se olvidan de que su verdadero oficio, el que le da de comer, es la abogacía. En agosto cumplirá 23 años «ininterrumpidos» en la profesión, y la maldad es inevitable. ¿Su presencia política y social le ha ayudado a engordar la cuenta del despacho? «Eso nunca lo sabes. Significarte políticamente no tiene que ser bueno para un negocio, pero yo lo asumo. A la gente que duda le digo que pruebe a hacerlo y que me cuente los resultados». En todo caso, vivir, estudiar y trabajar en Santiago le parece un privilegio, y muchas veces se sorprende explicándole a propios y extraños que esto es «un Madrid en pequeño», con su trasiego histórico de papas, personajes de la cultura y jefes de Estado. «La política institucional está al más alto nivel, y por eso creo que la vida municipal tiene que ser muy armónica, cuestión que algunos no vieron», desliza sin querer abundar en el comentario.

Su pasión por el mundo jurídico está, sin duda, medio escalón por debajo del de la familia, pero también le pica por dentro. Está en el turno de oficio por convicción y es profesor del máster de Avogacía de la USC, la institución académica en la que paladeó la actividad representativa con la Asociación Democrática de Estudiantes, que nació con él y que alcanzó doce claustrales «de la nada», con Villares como rector. «En ese momento unos amigos me animaron a entrar en Alianza Popular, y Gallardón me firmó el carné». Ahora se ríe.

Nombre. Javier Sánchez-Agustino (Vilagarcía, 1968).

Profesión. Abogado y político.

Rincón elegido. La praza de San Fiz. Es la primera iglesia de Santiago y allí se casó con su mujer, María Seoane.

«Entré de invitado en una reunión de la Fundación Mar de Arousa y salí como presidente»

Hoy, con dos niñas, una intensa vida familiar y un trabajo de autónomo que exige mucho tiempo, no podría dedicarle tantas horas al Concello y a las tertulias políticas. De hecho, en el 2011 quiso dejarlo todo y no fue capaz. «Llamaron a mi puerta», dice sabiendo que es una frase que puede interpretarse mal. «El que quiera, que me crea, pero me insistieron tanto y me presentaron un partido como Ciudadanos tan por hacer que me gustó la idea», confiesa. Tuvo cancha como concejal del PP y la tiene ahora como portavoz en Galicia del partido de Albert Rivera, «porque nunca di una rueda de prensa bebiendo de argumentarios», cuestión que también le ha costado algún disgusto.

Unos años antes, en el 2010, murió su padre, un referente para él. José Luis Sánchez Agustino, que había conseguido un puesto de directivo en la Caja de Ahorros de Santiago en los 70, fue en realidad un enamorado de Arousa, de su ruta marítima y de la traslatio jacobea, «sin la cual no habría Camino». Falleció inesperadamente en un año santo con un montón de proyectos inacabados en marcha, y de alguna forma Javier se sintió heredero del trabajo paterno, que puso la Ruta en el mapa. «Los alcaldes de Arousa me pidieron que acudiera a una reunión de la fundación a la que entré como invitado y salí como presidente. Acepté pensando en mi padre, claro».

Siete años después la fundación sigue muy viva y le ha permitido conocer a personalidades ejemplares como la del también fallecido De la Quadra Salcedo, con el que colaboró y del que aprendió que «no hay obstáculos» cuando se busca algo con insistencia. Por eso deberían temerle los rivales que ahora se sientan en el Parlamento.

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