Una Mancomunidade incendiada a las primeras de cambio


la voz/ santiago

¿Se acuerdan por ventura, ciudadanos comarcales, de la extensa retahíla de funciones de la Mancomunidade enumerada en la Lúa do Vilar del 13-3/2016? Confluía una diversidad de áreas a abarcar y de actividades a desarrollar. Un pero: el optimismo colocando una tras otra posibilidades de actuación mancomunada, como las antas de una cerca gallega, solo podía funcionar con un aliciente que hermanase ese conjunto de iniciativas: algo así como un parque de bomberos.

La comarca carece de un servicio contraincendios y, por costumbre, el populoso vecindario metropolitano mira hacia la metrópoli cuando las llamas van más allá de una cacerola. Quien socorre es papá Santiago, no el Apóstol. Es un servicio tangible, bien dotado, bien equipado y pagado por los capitalinos.

Se oyó una sentencia, en julio del año 2012, pronunciada con la solemnidad de las grandes tragedias griegas: «La mancomunidad está muerta». La expresó el entonces alcalde Ángel Currás. Ni el forum siluit ni nadie tembló con la rotundidad del anuncio fúnebre. La Lúa do Vilar replicó el domingo siguiente: «Pero este muerto puede revivir, renacer de sus cenizas y prestar algún servicio a la patria supramunicipal».

El titular de la crónica del 13 de marzo del 2016 rezaba: «Y la Mancomunidade resucitó, quizás ya con mentalidad de servicio». La primera parte se cumplió, la segunda falló estrepitosamente: lo que animó a varios concellos fue la mentalidad de verse servidos. Por la Diputación, por el Consorcio de Emerxencias, por el Concello capitalino. No de otro modo se entiende el revolcón final de pedir un parque de andar por casa, con un par de bomberos por allí por si acaso.

La Mancomunidade iba a ser un tramo hacia la Gran Capital, una etapa previa a modo de versión mejorada del área metropolitana, que implicaría una mayor comunión de municipios, comunión leal y no con ruedas de molino. Las últimas fotografías publicadas de la Mancomunidade fueron las de unos regidores sonrientes con Sánchez Bugallo en la cabecera. Alguna que otra iniciativa y algún que otro viaje salieron de esas juntas, que se fueron difuminando hasta el fatal desenlace anunciado por Currás.

Cabecera

Curiosamente, ninguna otra cabecera volvió a ser fotografiada desde entonces. Es decir, no se ha podido dar fe impresa en las últimas reuniones celebradas de que Martiño Noriega ocupaba el viejo sillón de gutapercha de Bugallo. Visto lo visto, el alcalde compostelano se jugó su estampa, sin hacerse visible, por una causa que le devolvieron sin abrirla siquiera. ¿Fallo de liderazgo? No, fallo de los liderados, que dejan a sus municipios como siempre al amparo de una Compostela que no es Santa Comba y contorno. Es una ciudad rodeada de ciudades.

Si el problema era el lucimiento de Noriega, haberle dicho que no se vieran ni su imagen ni los rayos luminosos de la aureola saliendo por debajo de la gorra. Lo cual implicaría una mentalidad cautiva de los celos políticos, ya que el alcalde de Santiago debe ejercer de líder natural en un proceso mancomunado que tiene como cabeza a la urbe capitalina. Al esquivar Compostela, la comarca pierde (es un decir), en detrimento de los vecinos, la mejor solución contra incendios. El coste cero, en el área de Santiago, será a menudo un servicio cero.

Una vez caído el parque de bomberos, motor de la alta costura comarcal, toda la lista de servicios mancomunados que prometía arrastrar consigo puede esfumarse y la Mancomunidade desinflarse como un globo, el que sale de la boca en las historietas.

Raxoi dice que no, que la Mancomunidade proseguirá su camino pese al batacazo de los bomberos. Antes será necesario, al menos, eliminar el oleaje provocado por el embate de ese servicio fallido. El hombre de la cabecera habrá de presentarse con los colores del Alcoyano, pues solo una moral férrea puede evitar que vuelva a pronunciarse la luctuosa sentencia de Currás. Con la primera iniciativa se ha incendiado la Mancomunidade: ahí el parque del Consorcio Provincial no debería tener problemas para sofocar las llamas si se considera al organismo supramunicipal un galpón y no una gran construcción metropolitana.

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