Descaminando


Más de una vez me pregunté qué se sentiría al hacer el Camino de Santiago al revés. Lo que tengo claro es que te permitiría hablar con todos los peregrinos, porque te los encuentras de frente, les saludas y uno te cuenta por qué viene andando desde Francia y otro confiesa que hizo la promesa cuando su casa se salvó del terremoto en Italia. Con el primero charlas en el Monte do Gozo y le animas porque ya le falta poco y al segundo le preguntas por las condiciones del albergue en el que pasó la última noche. Si haces el Camino de Santiago al derecho, no te encuentras con ninguno. Todos en fila como la Santa Compaña, cruzando a la misma hora el mismo pueblo, comiendo en la misma tasca y arrastrando los pies que siguen las espaldas de ese otro caminante al que nunca le has visto la cara y que jamás te contará su personal odisea. Haciendo lo que hizo otro peregrino ayer, pasando a la misma hora por delante del mismo mojón, descansando a la sombra del mismo pino... En resumen, haciendo lo que se espera de ti. Lo que espera tu familia, tus amigos, tu pareja, tus gobernantes... Al revés es más divertido. Cambia la perspectiva. La Catedral de Santiago no es el destino, es el punto de partida; en el horizonte no está el occidente, está oriente; se constata que, en efecto, todos los caminos van a dar a Roma; el románico va quedando atrás a medida que se avanza; el gallego se sustituye por el euskera y luego por el francés y en lugar de admirar las pallozas de Pedrafita se pueden visitar los cromlech de Sorogain.

Eso sí, hay que lidiar con el viento en contra y viajar sin compañía. En soledad y a contracorriente.

Por Susana Luaña Redactora

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