Santiago / La Voz

Avanzaba la madrugada en el Clangor al ritmo que le imprimía Fernando Pereira, en el plato de discos, mientras sonaba Manu Chao, el de Mano Negra. Pero fue otra la mano que a las 3.15 de la madrugada, hace justamente 25 años, hizo volar por los aires la célebre discoteca compostelana. Y otro Chao el que, al parecer, reivindicó el atentado. Dos de los terroristas del Exército Guerrilheiro que portaban la bomba, María Dolores Castro y José Ignacio Villar, quedaron en el sitio, y con ellos una joven estudiante viguesa, María Mercedes Domínguez. Era la negra madrugada del 11 de octubre de 1990.

Hablar con algunos de los que vivieron la tragedia es, para ellos, comprobar que el tiempo vuela. Muchos de los estudiantes que poblaban el Clangor en la fatídica madrugada son hoy profesionales en diversas disciplinas. Y unos más que otros conservan en su memoria los gritos, lamentos, oscuridad y sirenas que sustituyeron una prometedora noche de víspera del Pîlar por una experiencia que estarán contando a hijos y nietos. U olvidando.

«Aún me acordé el otro día de esa vivencia, y mira que pasaron 25 años», dice Marta González, que sufrió el trance junto a cinco familiares y amigos. Tenía 18 años entonces y hoy ejerce de farmacéutica. «Viví la explosión como una historia que me dejó con la boca abierta», agrega.

Ese horror sobrevino porque los guerrilleiros estaban ubicados con su carga explosiva junto a un bafle. En un determinado momento las fuertes vibraciones que emanaban de la caja se transmitieron al letal paquete de los terroristas y la detonación hizo estragos humanos: tres muertos y 46 heridos. Esos estragos pudieron ser incluso mayores si la explosión llega a ocurrir más tarde, con el local abarrotado.

Obviamente, los más cercanos al epicentro explosivo resultaron mal parados. Pero incluso aquí cuenta la suerte. «Nosotros siempre íbamos a ese sitio, y de hecho estábamos ahí, pero esa vez alguien dijo que había un sitio mejor para situarnos y nos cambiamos. Salimos todos únicamente con pequeños rasguños», cuenta Marta. Más de uno puede suponer que al autor de la feliz idea le pagarían una surtida cena.

La pobre Merche, que vivía en el Calvario vigués, no tuvo esa fortuna. Y otros que andaban por allí, como el hoy profesor Marcelino Fuentes, no pudo salir por piernas, porque una de ellas le quedó más que lesionada, pero salió. Y hoy le escuchan atentamente sus alumnos de Bioloxía. Por cierto que Fuentes se golpeó contra un bafle, seguramente el que desencadenó la tragedia.

Imposible olvidar

Los doscientos jóvenes que acudieron esa noche al Clangor disfrutaban de una de las mejores músicas que ofrecía por entonces el parque discotequero de España. Con la famosa sala madrileña Rock-Ola recién clausurada, la vanguardia musical sentó sus reales en este centro del santiagués barrio de A Rocha gracias a las modernas ideas que trajo de Londres su propietario, Fernando Pereira.

Fernando es hoy un reputado pintor con estudio en A Coruña y un hombre que se desgañitó hasta rasgar las boqueras para negar cualquier implicación de la sala con el narcotráfico, como pretendió el Exército Guerrilheiro. Y se cansó. «No quiere hacer declaraciones sobre lo del Clangor», dice su mujer Mónica. ¿Harto? «Harto, sí, pero también dolido». Solo queda respetar su silencio, que promete ser breve porque el recuerdo también causa estruendo. El Clangor es inevitablemente inolvidable.

«A min iso non se me vai esquecer nunca na vida. É imposible. Vive conmigo», dice Alejandro López Espinosa, a quien la bomba le dejó una parálisis de medio cuerpo. Estuvo un mes en coma y prácticamente desahuciado. Con voluntad y esfuerzo ha podido caminar renqueando: «O atentado fíxome perder anos e cambioume totalmente a vida», Ganó invalidez y perdió libertad. Y más cosas: perdió un negocio que regentaba porque durante unos años «non podía ocuparme de máis nada que de min».

Los amigos que le acompañaban en el Clangor salieron mejor parados, aunque alguno con lesiones serias. Alejandro se alegra de que les fuera mejor, pero le escuece el «por qué yo». Siempre fue alegre, tranquilo y paciente: «Agora son menos paciente».

El sonido de la explosión fue terrible y escuchado a kilómetros a la redonda. Resulta curioso que no haya habido tímpanos esparcidos por el Clangor. Muchos conservan su oido intacto. No todos. «Eu sufrín una perforación dun oido e unha hemorraxia no outro. A semana pasada fun ó médico porque padezo vértigo e e hemorraxia estame dando moito a lata. Eses son os meus efectos secundarios, que non oio ben», dice José Antonio Pérez Sampayo, que regenta una carnicería en Vilamarín (Ourense).

El de José Antonio fue el primer cuerpo chamuscado que salió de la discoteca: «Fun o primero porque saín por un boquete e detrás de min unha chea de xente. Tiña os pelos, a camisa e o pantalón queimados. E a cazadora que ainda conservo». Luego fue al maxilofacial y le echó una bronca la doctora Cigarrán porque tenía la mandíbula desencajada: «Eu pensei que era un hematoma».

Claro, al lado de los heridos, los indemnes sienten cierto pudor: «Yo no soy una víctima del terrorismo», asegura Marta González.

La docente carballesa Begoña Brandón, herida en la explosión, es de las que ha enterrado la tragedia: «Estiven internada unha temporada, fatal. Pero hai tantos anos... Xa o teño esquecido».

El atentado se llevó por delante una discoteca de moda y a una banda terrorista

El Clangor se vio involucrado en una cadena de atentados con el sello del Exército Guerrilheiro en una supuesta operación castigo contra el narcotráfico. Una sucursal bancaria y varios negocios sufrieron las iras del grupo terrorista, que anunció sus acciones con antelación, aunque escasa. En el Clangor no hubo necesidad de avisar. Pero sus dueños siempre han negado tajantemente la venta de droga. Y muchos le creen a pie juntillas. No obstante, como la duda no se disipó del todo, Fernando Pereira se muestra «dolido».

Algunas opiniones coinciden en que en este tipo de locales de afluencia masiva se podía trapichear con estupefacientes con cierta facilidad. Y a espaldas de los propietarios. Y no era difícil tampoco que algunas parejas cayeran también en el éxtasis del amor. Asimismo sin el plácet de los propietarios. Ni sexo ni drogas. «Solo vendemos rock and roll», proclamó entonces Pereira.

Lo que sí es cierto es que la bomba «guerrilheira» destrozó un local mítico en Compostela, que Pereira había conectado con las vanguardias europeas del momento. Y muchas bandas y artistas reconocidos desfilaron por su escenario: Godfathers, Jonathan Richman, Gabinete Caligari, Golpes Bajos, Nacha Pop, Loquillo y sus Trogloditas. «Clangor fue la sala que recogió el testigo del legendario Rock-Ola», rememoró hace poco Loquillo.

No levantó cabeza

En el 2009 el director Pablo Iglesias comunicó públicamente que iba a llevar el atentado a las pantallas de cine y Pereira anunció por su parte un concierto en el Multiusos de Sar. Una losa de silencio y mutismo cayó encima, aunque por la cabeza de Fernando Pereira bullen todavía ideas.

Una losa también aplastó, y definitivamente, al Exército Guerillheiro, que no tornó a levantar cabeza desde el atentado. Unos pocos años después la policía certificó su defunción. La chapuza del Clangor «foi unha chamada á reflexión para todos os gerrilheiros», confesó el jefe e ideólogo del grupo, Antón Arias Curto. Los últimos nueve integrantes de la banda recluidos, de los 37 que pasaron por la cácel, fueron reagrupados por Mayor Oreja en penitenciarías gallegas antes de su liberación para compensar su silencio definitivo.

Detrás estaba llamando a la puerta otra banda: Resistencia Galega. «A violencia non ten sentido», sentencia Alejandro, que la está padeciendo en sus carnes.

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Clangor: 25 años de la pesadilla