No habrá paz para Montero Ríos

La estatua del político generó una polémica ciudadana tremenda


La expresión «corrieron ríos de tinta» no podría ser más literal para el caso que nos ocupa esta semana. Pocas veces en la historia de la ciudad la ubicación de un monumento generó tantas disputas, y de tal calado, como la colocación de una estatua dedicada al político y jurista compostelano Eugenio Montero Ríos. Efectivamente, se trata del monumento sobre el que hoy se posan las palomas en la plaza de Mazarelos. Pero eso no siempre fue así: Montero Ríos, en formato bronce, presidió durante doce años, ¡doce! la mismísima Praza do Obradoiro; sí, amigos, como colocarle a un santo cristo un par de pistolas, pero sucedió. ¿Rebobinamos?

Flash-back corriendo a 1915. Hace un año que ha muerto don Eugenio Montero Ríos (1832-1914), el gran representante del entramado liberal del caciquismo político que dominaba la Galicia de la Restauración. La corporación municipal compostelana, con su alcalde, Luis Blanco Rivero al frente, se empeña en que la mejor manera de rendir homenaje a tan ilustre ciudadano es levantarle una estatua en la plaza de Alfonso XII (hoy Obradoiro). Una barbaridad, ¿sí o no? Pues también lo parece entonces, excepto al regidor y a su tropa; todo el mundo tiene derecho a equivocarse.

Contra la idea batallan, por ejemplo, desde el diario El Indiscreto del 16 de diciembre de 1915: «Contra el citado emplazamiento, llamado a destruir la perspectiva de tran grandiosa plaza, que no tiene igual en España, se han levantado numerosas sociedades de arte: Sociedad Central de Arquitectos, Ateneo de Madrid, Sociedad de Arquitectos de Galicia... y prestigiosísimas personalidades, provocando una consulta dictada por el Ministerio de Instrucción Pública a la Comisión de Monumentos de La Coruña». El redactor no se anda con contemplaciones y añade: «Esta comisión, por no incurrir en el enojo de ciertos poderosos caciques que ejercen su feudo en aquella región, rehuyó contestar concretamente a la consulta y acordó, alegando fútiles pretextos, inhibirse».

Blanco Rivero, como quien oye llover, le dice al escultor Mariano Benlliure (1862-1947) que siga adelante con el proyecto. Y le anticipa 5.000 duros de un total de 20.000. La prensa crítica hace sangre con el hecho de que el escultor valenciano ande presumiendo por ahí de que él, por Montero Ríos, trabaja gratis. Ya, en diferido.

Si este texto lo escribiera Javier Krahe seguiría: «La gente estaba tan fatua con la cosa de la estatua...» que hasta una comisión ciudadana, presidida por Blanco Rivero, visita a la viuda de Montero Ríos, Avelina Villegas, en acto de desagravio. Los ecos de la campaña contra la estatua de su marido han llegado hasta el pazo familiar de Lourizán, en Pontevedra, y doña Avelina se plantea renunciar a tan polémico homenaje. «El alcalde -dice el Diario de Pontevedra del 22 de noviembre de 1915- pronunció ante la viuda del inolvidable santiagués un sentidísimo discurso, diciendo que todo el pueblo de Santiago quería la estatua». Blanco miente y lo sabe.

Por narices

El caso es que entre los herederos de don Eugenio, por una parte, y el empeño municipal, por otra, Benlliure concluye la obra. El 1 de julio de 1916, Vida Gallega publica: «Se ha terminado en Madrid y llegó a Santiago la estatua de Montero Ríos, que será descubierta este verano, durante las fiestas del Apóstol». La revista repara en el «exactísimo parecido, gesto, actitud y gallardía de una realidad acabada» del trabajo.

Por fin, el 30 de julio, la estatua se planta donde dice el alcalde. La mayor parte de la prensa oculta las protestas y se recrea en la inauguración. «El pueblo de Santiago ha cumplido como bueno», encabeza su crónica La Gaceta de Galicia del 31 de julio. «El homenaje se cumplió y la gratitud selló para siempre la obra del hijo querido, del protector incansable, de aquel buen santiagués cuya estatua permanecerá siempre, siempre [insiste] con nosotros en esa misma plaza de Alfonso XII, a la cual realza y hermosea». Menos mal que el para siempre solo duró doce años. Demasiados.

nacho.miras@lavoz.es

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