Una profesión de narices

Eva Pizarro, del Acio, volvió a triunfar en la competición La Nariz de Oro


santiago / la voz

«Los descriptores en nariz de este vino son su mineralidad a través de la tiza y la pimienta». «Vino de nariz golosa, con canela, cacao, vainilla sobre fruta roja...» Solo un sumiller es capaz de pintar un cuadro con la nariz. Y si, además, el caldo acaba en su paladar, entonces el resultado puede ser una explosión de colores y sabores tan rica en matices que uno acaba olvidándose del vino y viajando por el mundo montado en sus sensaciones.

Eran veinticinco los sumilleres que ayer compitieron en el Hostal de los Reyes Católicos por una plaza en la final de la prestigiosa Nariz de Oro. Del programa, una de las cosas que más llamó la atención fue la famosa copa negra, una cata olfativa y visual que hace merecedor a quien la supera de figurar, por derecho propio, en el grupo de amigos que uno debería tener. El proceso era el siguiente: La enóloga Elena Adell, de Azpilicueta, describió ante los aspirantes cuatro vinos similares que comparten una cualidad: no están en el mercado, sino que se han embotellado a propósito. Adell realizó un completo registro visual, olfativo y gustativo y los concursantes utilizaron las sensaciones de la maestra como guía de las suyas propias. Después los mandaron salir de la sala, le pusieron a cada uno una copa con una de las muestras y empezó el reto: en cuatro minutos, y utilizando únicamente la nariz, tuvieron que adivinar de qué vino se trataba, su zona de elaboración, el tiempo crianza, el tipo de barrica o la variedad de uva, entre otras cualidades. Equivocarse solo en una suponía suspender. Eva Pizarro, del Acio, fue la mejor sumiller de la convocatoria, junto a otros diez finalistas entre los que se encuentra Carlos Jorge, del restaurante compostelano O Ferro.

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