Un «queso de gruyer» imposible


Que el tiempo era elástico se sabía. En las cuevas del Rei Cintolo se ve. Aparecen charcos de piedra que van cerrándose sobre sí mismos, como plantas carnívoras o cráteres perezosos, y los expertos los llaman gours. Suena a eso. Una especie de concreción calcárea de apariencia similar al reborde de una ostra que se eleva sobre el nivel del agua por todo el perímetro de la poza y se desplaza hacia el centro en un movimiento que no se ve, pero está ahí, constante, desde hace cientos de millones de años.

Aparecen banderas, láminas verticales y estrechas de piedra que sobresalen de las paredes, y no son fruto de un derrumbamiento masivo, sino de la acción lenta de las corrientes de aire sobre la roca, como si esta fuera una hoja de papel. Y aparecen estalactitas, descendiendo del techo, y estalagmitas, emergiendo del suelo a un ritmo de un centímetro cada cien años, desmochadas a pedradas o con sierras para decorar salones, culminar tejados, o a saber.

Ahora que el Concello de Mondoñedo pretende preservar el estado de la cueva y solicitar la declaración de patrimonio natural, una protección que se uniría a otra figura de rango europeo que ampara estos espacios por su interés geológico y ser refugio de cría e hibernación de murciélagos, los espeleólogos van más allá y apuntan la posibilidad de restituir las formaciones más emblemáticas a su aspecto original. Se hace en otros lugares, con rigor e inversiones enormes, y podría hacerse en Mondoñedo, «apoyándose, por ejemplo, en las magníficas fotografías tomadas por Ángel Llanos en la expedición que promovió el Club de Montañeros Celtas de Vigo en 1954, y en las que se ve el estado original de muchas formaciones», explica Juan Prego, de la Federación Galega de Espeleoloxía.

La expedición del 54

Aquella expedición, de la que formaron parte, entre otros, el geólogo Isidro Parga Pondal, Otero Pedrayo, José María Castroviejo, el topógrafo Cameselle y los arqueólogos Díaz Jácome y Díaz Álvarez, llevó a un grupo numeroso de intelectuales y científicos a acampar durante varias semanas en los prados de la aldea de Sopena, animados por inquietudes tan científicas como legendarias. Porque había sido Cunqueiro el facedor de aquel viaje a las cuevas del Rei Cintolo (el Suintila godo, según algunas teorías), donde la princesa Xila aguardaba desde hacía siglos al valiente que un día la liberaría del hechizo y recibiría como recompensa su amor y todos los tesoros del reino de Bría.

Se ve que no encontraron a la doncella, porque hay quien asegura haberla visto en la boca de la cueva no hace mucho, peinando su melena dorada con un espejo de plata labrada. Pero lo que sí hallaron los expedicionarios del 54 fue una punta de flecha arponada tallada en hueso (hoy desaparecida) similar a otros restos aurignacienses de Asturias y Cantabria, residuos sedimentarios, nuevas galerías y la confirmación de que el curso de agua que discurría por el interior de la cavidad era un río, bautizado entonces como Celtas, en homenaje a la agrupación viguesa que llevó a cabo la aventura.

Ochenta años antes, un arqueólogo y prehistoriador mindoniense, José Vilaamil Castro, había realizado las primeras catas en la cueva, y en uno de los sondeos encontró restos óseos que depositó en el Museo de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago. Se sucedieron las incursiones hasta que, a mediados de la década de los setenta, el Grupo de Espeleología de la Universidad Laboral de A Coruña emprende un trabajo sistemático de exploración y topografía de la cavidad, cuyos resultados prácticamente se mantienen en vigor en la actualidad.

Las cuevas del Rei Cintolo, un lentejón del sistema calizo de Vegadeo, que se extiende con mayor o menor anchura a lo largo de una franja en dirección norte-sur hasta la comarca de Valdeorras, fue objeto de un último trabajo arqueológico en el año 2002, dirigido por Rosa Villar, de la Universidade de Santiago. Las excavaciones en el pórtico descubrieron un hogar con funciones domésticas de corta ocupación, cerámica de pasta gruesa y restos óseos de cuatro o cinco especies de mamíferos, todos domésticos, salvo un ciervo. La datación por análisis de carbones fijó la ocupación a finales del siglo XI.

«La cueva es un imposible -resume Juan Prego-. Ese es su encanto. No tiene grandes espacios ni es rico en formaciones litogénicas como otras cuevas de España. Es un queso de gruyer imposible, que pocos, nadie, diría yo, puede presumir de controlar».

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