Carlos Barros saca a la luz el legado vital de su padre, «o rapás da aldea»


Así definen Begoña Méndez y Víctor Manuel Santidrián, en su calidad de prologuistas, el contenido del libro Manuel Barros Fernández, o rapás da aldea que, editado por la Fundación 10 de Marzo se presenta esta tarde en sociedad (19.30 horas, Casa del Libro). También dicen que es muy posible que los potenciales lectores no hayan oído nunca hablar de Manuel Barros. No es extraño, ya que su nombre, como el de tantas otras personas del común, no ha sido asiduo (ni siquiera ocasional) de la letra impresa.

Como reconoce el conselleiro de Traballo, Ricardo Varela, en las líneas que sirven de presentación, la importancia del protagonista del relato radica en que a través de las páginas (604) de la voluminosa publicación, se descubre la vida anónima de tantos y tantos trabajadores y trabajadoras protagonistas «de moitas páxinas da Historia». Y es que Manuel fue, ante todo, un trabajador. «Velaí o seu valor», según el conselleiro.

En este caso los adjetivos, dedicados a la obra, son cosa de Carlos Barros. Fue precisamente este profesor de Historia Medieval de la Universidad de Santiago, más conocido en Vigo por haber formado parte de la excepcional primera corporación municipal de la democracia el que, a raíz de su prejubilación en Barreras (1976) con apenas 58 años, animó a su padre a poner negro sobre blanco los recuerdos. También fue Carlos el que, cuando unos cuantos años después llegó a sus manos el manuscrito (escrito a lápiz en papel rayado), se empeñó en verlo publicado. «No soy más que un gestionador de su legado», dice.

Reconoce que la gestión se complicó mucho. La peculiaridad de la obra no entusiasmaba a las editoriales, por no hablar del gallego con geada y nada normativizado en el que escribió, y que se corresponde con la forma de expresarse de los habitantes de Coruxo de principios del siglo XX. Al final, diez años después de la muerte de Manuel, el libro ha podido ver la luz. La completa introducción (60 páginas) que hace «el gestionador» y único hijo del protagonista, pone en antecedentes al lector.

Empieza por subrayar que éstos serán, eminentemente, de dos tipos: el curioso y el estudioso de la historia social y de la antropología de Galicia. El primero podrá conocer «en modo subxectivo, persoal, a vida da xente común e o impacto nela dos grandes fitos desde a I Guerra Mundial ata a transición, un tempo de tránsito conflictivo da vida rural á urbana, da aldea de Coruxo de principios de século o Vigo industrial dos 60 e 70». En cuanto al estudioso, encontrará, además de información sobre acontecimientos, estados de ánimo, sentimientos, sufrimientos... «Un rico imaxinario emocional e popular».

Pero, por encima de todo, la obra de Manuel Barros es original (no copió a nadie), única (no escribió nada más) e irrepetible. Carlos, su hijo, pone por escrito un deseo: «Oxalá que este libro serva de pulo e exemplo para que outros traballadores escriban as súas memorias. Se un rapás de aldea, logo peón especializado da construcción naval, puido facelo, calquera debería poder seguir o seu exemplo».

Ni que decir tiene que en tan especial autobiografía comparten protagonismo con Manuel, su compañera de vida, Carmen Guimeráns, «Mucha», sostén principal de la trama; María Luz García, «Marilús», su nuera; Xiana, su nieta; Ricardo, compañero en Barreras; Basilio, con el que a los 11 años empezó a acudir por la noche a las clases de solfeo de la banda de San Miguel de Oia y, por supuesto, Carlos, su hijo, al que llamó así tras llegar a la conclusión que era nombre de personas importantes, caso de Carlos V o Carlos Marx.

En cuanto a los escenarios, queda claro que Coruxo y Coia son los que, junto con el astillero, fueron los que más pateó. Precisamente a éste último dedica la última frase de la narración: «Mirábame libre de ir ó taller, onde levaba trinta e seis anos traballando, e non ter que morrer coas botas postas». Así recibió «do irmán de Waldino» la noticia de que podía irse a casa con el 100% del salario.

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