Pili Pampín: «Mi primera actuación fue en la Pascua de Padrón y casi me muero»

La cantante nacida en Rois recuerda sus inicios y dice convivir con el trap a la fuerza


Santiago / la voz

Nombre. María del Pilar Villar.

Profesión. Artista.

Rincón elegido. O Toural, donde enmarca alguno de sus primeros recuerdos de Santiago. «A mí lo de gamberra se me da bien», reconoce, y solía salpicar al personal desde la fuente.

Es una de las caras más conocidas de la comarca, dentro y fuera de ella. No en vano, Pili Pampín (O Faramello, Rois, 1971) lleva más de 30 años subida a los escenarios. Y todo comenzó en Teo, muy cerca de la carballeira de Francos, en el restaurante familiar. Tenía un salón de bodas enorme, con espejos, a los que se miraba la mayor de cuatro hermanos mientras soñaba con ser una gran artista. «Me imaginaba allí que era Isabel Pantoja o Marifé de Triana. Ponía su música y yo cantaba por encima todas las tardes», relata. «Mi vocación nació a raíz del disco Marinero de luces», confiesa.

Los clientes, que sabían de la buena voz de la niña, le pedían que se arrancase. Y ella nunca tuvo problema en hacerlo, aunque confiesa que sigue pasando unos nervios «horribles» cada vez que se pone ante el público. Su salto a la fama fue en una boda, cuando tenía solo 16 años. Entre sus comensales estaba el maestro Manuel Muñiz, de la Orquesta Compostela. «Al acabar mi canción, me dijo que tenía una voz preciosa, que le gustaría hablar conmigo y que podríamos hacer un disco. ¡Imagínate! Eso me sonaba a chino». Al final, hubo álbum y resultó ser todo un éxito. ¿Cómo gestionó la fama siendo tan joven? «Ya era muy madura. Tuve que dejar los estudios porque a mi padre le dieron dos derrames cerebrales y me puse al frente del negocio», contesta.

Aunque vive prácticamente desde los dos años en Teo (reside actualmente en Cacheiras), Pili Pampín tuvo desde niña mucho contacto con la capital gallega. «Mi padre, al tener un restaurante, venía todos los días a la Praza de Abastos y yo solía acompañarlo. Aparcaba cerca de la alameda. Lo mío, desde pequeña, era meter la mano en el agua de la fuente de O Toural para mojar al que pasara, aunque tengo que decir que ahora está prácticamente seca», señala.

«Me llamaban la Cenicienta»

«Luego, cuando eras ya algo más mayor, te gustaba venir a Santiago de marcha. Mi padre siempre fue muy protector y me dejaba ir a la sesión de tarde típica de Apolo, de siete a diez. Y a las diez en punto estaba él esperando en la puerta. Mis amigas me llamaban la Cenicienta, porque en las verbenas al aire libre hacía lo mismo cuando yo aún no era profesional. Antes empezaban a las nueve de la noche y acaban a una hora razonable, no como ahora, pero a mí a las doce en punto de la noche me venían a buscar siempre», indica. «De aquella, veníamos en manadas para Santiago de la aldea», apunta en tono cómico. «Que nos dejaran venir era un logro para nosotros».

Considerada una leyenda viva de la canción, asegura que esto es un arma de doble filo: «Como empecé tan jovencita, la gente ahora se cree que tengo 60 años y aún cumplí en marzo los 48». Aunque ha recibido numerosos piropos durante su carrera, su ego no se alimenta de ellos. De hecho, no es capaz de recordar a bote pronto el mejor halago que recibió. Convencida de que la canción tradicional tiene cabida, «cada día más», Pili Pampín dice que «no me vería cambiando de género». Convive con el reguetón y el trap por fuerza mayor. Con dos hijas de 17 y 11 años, «no me queda más remedio. Es la única discusión que tenemos en el coche».

Si hay un concierto que recuerda por su calado es una que tuvo en México, hará unos diez años: «Había un comedor lleno con miles y miles de gallegos». ¡Quién se lo iba a decir cuando empezó! Su debut no fue tampoco peccata minuta, tratándose de una principiante. «Mi primera actuación profesional fue en la Pascua de Padrón y casi me muero. Fue con la orquesta Superfama, con la que empecé, y me comían los nervios. Acabé agotada. Como siempre, me entraron ganas de hacer pis antes de actuar y allí no había baños. Cuando al acabar fui a uno creí que me moría», espeta con esa naturalidad que la caracteriza.

«En Santiago falta una gran sala de conciertos con buena acústica»

Con el paso del tiempo, Pili Pampín asegura que la Compostela que ella conocía «ha cambiado para peor en el tema de los aparcamientos. Cada vez hay menos. Vamos a acabar peatonalizando toda la ciudad», lamenta. En el otro lado de la balanza, considera que lo que más ha mejorado es la Catedral, teniendo en cuenta la gran rehabilitación que se está llevando a cabo.

La vecina de Teo (exalumna, por cierto, del colegio de Calo, donde no brilló por sus notas) echa en «falta en Santiago una gran sala de conciertos con buena acústica. Cuando hay una actuación importante vamos todos para Sar o para el Monte do Gozo y el sonido deja mucho que desear. No te enteras de nada. En la ciudad hay buenas salas pequeñas, pero de gran aforo no hay nada».

Con la perspectiva que dan tres décadas en la verbena gallega, al pie del cañón, reconoce que «ha cambiado mucho, para mí a mejor. Ahora hay más gente joven. Antes se juntaban solo los matrimonios y gente entrada en años y ahora se lo pasan todos estupendamente, estando la Panorama o Pili Pampín». La cantante dice que el salto generacional no le ha pasado factura y se siente «agradecida».

Esta artista de raza, que ha actuado enferma, con fiebre y dolores, cuenta que en toda su carrera solo canceló un concierto. «Lo de anular aquí no se entiende», afirma. Su único traspiés fue un Fin de Año, en O Barco de Valdeorras, porque se interpusieron unas placas. Se quedó sin voz por el brusco cambio de temperatura entre Buenos Aires y Galicia. Aunque extrovertida y «muy payasa», dice, es una mujer de palabra y odia la impuntualidad. Con la sencillez por bandera y con salidas para todo, se ha ganado el cariño detrás de la pantalla y sobre las tablas. «Espero seguir dando la lata otros 30 años más», amenaza.

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