Vamos al café


No sé nada de medicina. De pandemias, menos. Tampoco creo que mi alcalde de Oroso, el presidente Feijoo o el presidente Sánchez supieran una palabra hace un año. Su ventaja es que tienen más información que yo, que solo tengo la conciencia de que para que una comunidad (mi concello, mi autonomía, mi estado) funcione no podemos salir cada uno a desbarrar desde la ignorancia poniendo a caldo al alcalde, a Feijoo o a Sánchez. Aquí se trata de cumplir la normativa a rajatabla, nos guste o no (aclaro: no me gusta). Por eso entiendo que no se pueda ir a casa de nadie, que no haya reuniones, que se cierre la hostelería.

Y por eso me quedo boquiabierto cuando veo que la cafetería de la Xunta, en San Caetano, tiene las mesas separadas, sí, pero están todas llenas de gentes no convivientes. Reconozco en una mesa a alguien que va y viene de Lugo con alguien que va y viene de Pontevedra. No están trabajando, están charlando, sin mascarilla porque toman un café o lo que les venga en gana. Y salgo de allí cuanto antes convencido de que aquello es un foco infeccioso de primera categoría. No logro entender por qué un bar está cerrado y esa cafetería abierta.

Nadie prohíbe que el funcionario estire las piernas sus quince o veinte minutos reglamentarios, pero eso no quiere decir que sea en una cafetería. También podrían hacer lo que hacen en otros países, por ejemplo: llevarse el termo de casa, servirse lo que proceda, coger un paraguas y dar un paseo aunque sea alrededor del edificio. Desde luego, eso es más seguro que meterse en la cafetería de la Xunta. O en

la de cualquier empresa, porque están abiertas. ¿No se habrán enterado de que hay una pandemia?

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