Guarros


Cuando mi madre (que Deus a teña onde a ten) nos llevaba a la playa en los años 60, siempre se lamentaba de que al llegar se encontraba aquí y allá alguna muestra del paso del hombre. Decía que el mundo estaba lleno de «guarros», pero que poco a poco, a medida que subiera el nivel cultural de la gente, se incrementaría el sentimiento de que había que respetar el entorno. «Cuando vosotros seáis mayores todas las playas estarán limpísimas y en el monte no habrá ni un papel», nos decía a mí y a mis hermanos. Entonces aún no existían los pañuelos de un solo uso ni se había generalizado el plástico.

Mi madre se equivocó de cabo a rabo: a medida que aumentó el nivel de vida aumentaron los plásticos y, en general, los objetos de consumo: nadie guarda como oro en paño el forro de aluminio del interior de las tabletas de chocolate para reusarlo. Lo que no se incrementó fue la cultura ecológica. Al contrario.

Ahora tenemos hasta recogida selectiva en los contenedores. En concellos como Oroso, siete días a la semana. Pero al personal -no a todo, claro está- le da lo mismo, y tanto tiran un colchón en el centro de Sigüeiro cuando les da la gana como muebles viejos en Porto Avieira. Ambos, ejemplos reales sacados de una retahíla que tengo archivada.

¿Son los de Oroso unos incívicos? Sin duda alguna, un buen grupo sí. Pero no es solo en ese concello: es en todos los de la comarca. Las cunetas dan asco en muchos puntos, y aunque el contenedor esté vacío no falta quien en Trazo (otro ejemplo real) deje la bolsa de basura fuera.

Mi madre no tendría otro remedio que decir que sí, que en el siglo XXI el mundo está lleno de guarros.

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