Presupuestos


Soy de letras. No entiendo de números. De manera que no opino sobre el presupuesto que aprobó el Concello de Oroso, no sé si merece mi aplauso encendido o mi más dura crítica. No caigo en el vicio tan latino de echar la lengua a pacer sin antes haber puesto el cerebro en movimiento. Por lo tanto, tampoco sé si las críticas que haciendo su legítimo uso de la libertad de expresión que rige en este país -menos en ciertas áreas de Cataluña, donde te señalan ahora más suavemente que hace un año- ha lanzando el PP están fundamentadas o son una barbaridad. Repito: lo ignoro, y por lo tanto respeto a todos.

Pero sí creo que en estos momentos son vitales dos cosas. Una, subir los impuestos a quien más tiene, y de paso meter mano a los que ocultan el dinero en paraísos fiscales varios. Y otra, que los presupuestos nacional, gallego y de Oroso deben contener un fuerte componente social. Estoy seguro de que somos legión quienes compartimos lo segundo: solo faltaría que en esta durísima crisis que viene se queden atrás los más vulnerables. ¡Por supuesto que hay que reforzar las partidas sociales!

Pero lo primero da arrepíos en este país. Y la trágica realidad es que para que los presupuestos -es decir, lo que se va a gastar- sean sociales primero hay que tener dinero. Y ese dinero sale de nuestros bolsillos y de las empresas. No cae de las nubes. ¿Se entiende esto? Oiga, pues no. Aquí no. En Suecia sí, pero aquí se inventan desde mentiras como que ya pagamos mucho (en realidad, mucho menos que la media de la OCDE) hasta disculpas (que los políticos no roben y todo arreglado).

Si los presupuestos de Oroso recogen esas dos características, tienen mi aplauso. Si no, mi crítica.

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