Carmiña Quian: «San Pedro siempre fue un barrio muy unido en el que todos nos ayudamos»

Estuvo más de medio siglo detrás del mostrador y recuerda cómo era el barrio en la posguerra y la época de las cartillas de racionamiento


Santiago / la voz

Nombre. María del Carmen Matilde Quian Lemos.

Profesión. Regentó su propia tienda, Alimentación Carmiña, hasta su jubilación.

Rincón elegido. La plazuela de San Pedro, que la vio crecer los últimos 80 años.

Todos la conocen como Carmiña, pero en realidad su nombre es María del Carmen Matilde, un triple homenaje a mujeres de su familia (su tía María, su abuela Carmen y la bisabuela Matilde). Aunque nació en O Pino, con solo 4 años fue a parar a la rúa de San Pedro, que la vio crecer, enamorarse, tener cinco retoños, y trabajar y trabajar. Un día tras otro, de sol a sol, hasta que se jubiló con 72 años.

Carmiña siempre estuvo detrás de un mostrador. Todavía no había superado el metro de altura cuando empezó a ayudar en el ultramarinos que había en el número 98 de San Pedro y en la fábrica de chocolate, ambos regentados por una familiar. Ella la acogió como a una hija cuando su padre (visitador médico) fue llamado a combatir en la Guerra Civil. «Mi madre se quedó con la labranza, los animales y todas las obligaciones. Y, como tenía otro hermano más pequeño, no daba abasto y me mandó junto a una hermana suya, mi tía María», explica.

El San Pedro de su infancia era una calle sin asfaltar, llena de piedras, y las silvas crecían sin control en la rúa do Medio. Cuenta que la gran atracción del fin de semana era la llegada de gitanos con sus cabras, en las escaleras. «Nosotros corríamos por la rúa abajo para ver a los animales, porque era el espectáculo que había, no había otra cosa», dice.

«Entonces había muchos bailes y había fiestas de hasta una semana seguida. La calle se llenaba de banderitas desde el final hasta el principio y estábamos todos contentos. Eran otros tiempos. Ahora son menos y la gente ya no hace tanto caso porque está cansada de fiestas», señala Carmiña, quien sin embargo reconoce que las de San Pedro siguen siendo para ella las mejores.

«Este siempre fue un barrio muy unido, de gente muy buena, en el que todos nos ayudamos. Quizás antes, incluso más que ahora», asegura, porque en tiempos de posguerra, cuando la vida apretaba de verdad, salir adelante por uno mismo sin pedir un favor al vecino era complicado.

Años de racionamiento

Ella aún se acuerda de las cartillas de racionamiento: «Si les pertenecía un kilo de azúcar, según el número de gente que había en la casa, muchos se quedaban con medio para ellos e iban a vender el resto a la plaza para conseguir algo de dinero. E igual con el aceite, el jabón o aquellos fideos negros que daban». A pesar de que «a la gente le costaba mucho trabajo pagar, en el ultramarinos no pedían más de lo que les correspondía cada semana». Antes, asegura, «se fiaba mucho a los clientes» porque, aunque algunos pasaban verdaderos apuros para reunir el dinero siempre pagaban, algo que con el tiempo se dejó de hacer.

Recuerda que los vecinos vendían sus productos en la rúa do Medio, «con manojos de paja, de leña, tarteiras...». Y de cuando siendo aún joven iba a vender las tabletas de chocolate en cajitas de cartón o de madera por las tiendas. Lo hacía de buena gana, lo que no le gustaba era estudiar, confiesa. Reconoce también que de niña era una privilegiada, porque pocos tenían el chocolate al alcance de la mano, aunque ella lo catase al despiste de las bandejas.

Recién casada, en 1958, abrió en el número 54 de San Pedro su propia tienda, Alimentación Carmiña, un ultramarinos cuyo cerdo salado llegó hasta Suiza. No solo sobrevivió a los supermercado sino que se mantuvo durante medio siglo, convirtiéndose en toda una institución en Santiago. Ahora, 60 años después de que lo inaugurase, su hija lo reabrió como A Tenda de Carmiña. «Si no estuviese tan escacharrada seguía, no hay mejor que trabajar», dice a sus 83. De hecho, de vez en cuando todavía supervisa la tienda y da algún que otro consejo a Inma: «Le digo que sea amable con los clientes y que tenga buena mercancía, porque en el precio no me meto. Si vende género bueno no lo puede regalar».

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