Aceptable bienvenida al peregrino a la provincia con un tramo en buen estado

Los once kilómetros de ruta por el concello melidense son cómodos, aunque la nueva señalización está destrozada


melide / la voz

Al igual que todo, es mejorable, pero no está mal. Y, además, es un paseo para quien porta kilos de peso sobre la espalda y el cansancio acumulado de auténticos tramos rompepiernas. Son los once primeros kilómetros del Camino Francés en la provincia de A Coruña o, lo que es lo mismo, el tramo de la ruta de peregrinación que vertebra el municipio de Melide. Arranca en el lugar de O Coto, de donde parte un trayecto que hasta el casco urbano, a unos 6 kilómetros, se distingue por atravesar dos aldeas de tradición jacobea y, entre ellas, el polígono industrial del municipio.

O Leboreiro, primero, y Furelos, después, son esos dos lugares, mimados por el paso del Camino Francés con un firme empedrado que contrasta con los caminos de tierra, y pistas de asfalto, que definen la ruta. La diferencia entre las dos aldeas la marca el sector hostelero, sin presencia en O Leboreiro y por partida más que doble en Furelos, donde se cuentan, al menos, cuatro negocios en los que el romero puede parar a reponer fuerzas. De esa última aldea a las puertas del casco urbano de Melide es icono el puente medieval sobre el río Furelos, pendiente de una necesaria intervención integral que se financiará con fondos estatales. El proyecto ya ha sido redactado, según avanzó la alcaldesa Dalia García Couso, quien explica que, aunque ahora las administraciones municipales no se encargan del mantenimiento de la ruta jacobea, la melidense colabora con la empresa a la que el Xacobeo adjudicó esos trabajos.

Según la regidora, la firma supervisa la ruta cada semana. Y se nota. Por ejemplo, en las papeleras que pueden encontrarse en los primeros kilómetros de recorrido y que se echan en falta, eso sí, en el tramo a partir de Santa María, otro de los núcleos tradicionales, favorecido por las inversiones jacobeas. También el Concello melidense hace los deberes en lo que le toca. Y se aprecia. También, por ejemplo, en la cuidada zona verde del polígono industrial, que compensa, de algún modo, la falta de un arbolado frondoso que salve el impacto visual de las naves.

Si de la señalización depende, el peregrino no se pierde. Los cruces que pueden llevar a engaño están convenientemente señalizados con mojones, que lo mismo le sirven al caminante para dejar constancia de su paso por el lugar, como a los hosteleros para hacer lo propio con publicidad. A pesar de haber sido instalados hace, a lo sumo, un par de años, el estado de los mojones es lamentable. Sobran las pintadas y faltan las placas del kilometraje y la iconografía jacobea. Por lo demás, el Camino Francés a su paso por Melide es todo lo bonito, y feo, que lo deja ser el paisaje que lo envuelve, tanto el que regala la naturaleza como el urbano; ambos manipulados, con y sin acierto, con más o menos gusto estético, por la mano del hombre.

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