De un piso de alquiler a un refugio rural: ellos construyeron su casa y una nueva vida en Brión

Patricia Calveiro Iglesias
Patricia Calveiro SANTIAGO / LA VOZ

BRIÓN

Jose y Judit ven crecer hoy a sus hijos entre gallinas, gatos y otros animales en Coruxido.
Jose y Judit ven crecer hoy a sus hijos entre gallinas, gatos y otros animales en Coruxido. XOÁN A. SOLER

Judit Mariño y Jose Agrafojo tomaron un decisión arriesgada en el confinamiento y descubrieron «la importancia del tiempo»

26 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

«Muchos pensaban que estábamos locos cuando nos mudamos a una casa a medio hacer, pero nosotros veíamos un hogar». Así relatan Judit Mariño y Jose Agrafojo el giro radical que los llevó a construir su vivienda y nueva vida en la aldea brionesa de Coruxido. La pareja, de 32 y 34 años actualmente, vivía antes de alquiler en Portosín —de donde es ella— y, el mismo día en el que se decretó el confinamiento, el 14 de marzo del 2020, tomaron una decisión arriesgada de la que no se han arrepentido.

«Cuando estalló la pandemia, teníamos una casa aquí, en Brión, que estaba en proceso de construcción. Era un proyecto que nos tomábamos con calma, poco a poco íbamos invirtiendo nuestros ahorros y tiempo libre para hacerla habitable de cara a un futuro. Ese día cogimos una furgoneta de vender pescado que tenían mis padres y nos vinimos con la cama a cuestas y un niño de 3 años, Enzo. Solo teníamos la cocina arreglada, un baño, la tele y poco más. Llevamos lo mínimo, pensando que iban a ser solo unas semanas. Sin embargo, aquí descubrimos la importancia del tiempo y de una vida más pausada», cuenta Judit.

La propiedad fue una herencia que les dieron al casarse. «La madre de Jose nació en la casita de al lado, donde aún vivía su abuela, sola. Para ella el confinamiento fue todo lo contrario, teniéndonos aquí se sintió más acompañada que nunca. Y nosotros descubrimos otra forma de vida», añade Judit.

«Estábamos acostumbrados a otro ritmo, en el que te organizas en función del consumo. Y en Coruxido, con todo cerrado, aprendimos a disfrutar de lo teníamos a nuestro alrededor, sin mirar al reloj, y nos dimos cuenta que la felicidad no está en los escaparates sino en las pequeñas cosas que tienes alrededor», explica una mujer que siente que de esta forma «recuperamos el control de nuestra vida».

En los últimos años ampliaron la familia y vino su segundo hijo, Aless. Se mudaron con su chihuahua y hoy conviven también con dos gatos, gallinas y un conejo. La sonense, encargada de una tienda, y su marido, un roiense —de Urdilde— empleado en Finsa, optaron por gastar lo mínimo para acondicionar su hogar y por aprovechar los recursos que tenían a mano, «reciclando cada piedra, tirando de ingenio y de ingeniería». Aún hoy no cuentan con un sistema de calefacción, pero se arreglan con la chimenea de leña y estufas de butano.

Tienen su propia huerta, en la que plantan desde guisantes a coles o pimientos, entre otros alimentos que surten su despensa. Y valoran especialmente la crianza en un entorno rural de los niños. «Más tierra en los pies y menos asfalto», resume Judit, quien comparte con el mundo su nuevo estilo de vida a través de Instagram en @semillas_da_aldea.