Visitando arte rural en Brión a la sombra de las torres de Altamira

cristóbal ramírez

BRIÓN

El recorrido incluye el conjunto monumental en torno a la iglesia de San Fins y el pazo de Leboráns, entre otros puntos

23 ene 2023 . Actualizado a las 22:38 h.

Corría 1974 cuando un grupo de estudiantes se fue a vivir a Bertamiráns. Eran los únicos en desembarcar en aquella aldea con dos bares (y otro más, todavía existente, un poco más lejano). Y eso sí, con popular sala de fiestas. La Guardia Civil, asombrada por aquella llegada, se plantó una noche y tomó nota de todos los DNI. «Es que esto es muy extraño», rosmaba el comandante del puesto.

A partir de ese momento, aquellos estudiantes, muy activos políticamente, decidieron reunirse con otros venidos de lugares de España adelante en las Torres de Altamira, a donde iban andando. Y lo hacían porque así pasaban delante del puesto de la Guardia Civil, hacían que se notara su presencia y daban esa sensación de normalidad. Jamás fueron molestados por quienes creían que solo eran eso, unos muchachos amantes del arte y de la naturaleza que por eso mismo habían escapado de Santiago. Cuando se fueron a otros lares aquel comandante no tenía ni idea de que la casa estaba llena de propaganda antifranquista y era un lugar seguro para esconder a quien lo necesitaba en aquellos tiempos duros.

Valga la anécdota para recomendar la ruta que hacían aquel grupo y sus invitados. Ya hay menos naturaleza, pero el arte sigue ahí. Y como ahora lo que sobra es asfalto, el coche puede ser el instrumento ideal para desplazarse, sobre todo si únicamente se dispone de dos o tres horas y no hay ganas de pasar todo el día fuera.

El Ayuntamiento de Brión ha tenido un alcalde inteligente que hizo que los edificios nuevos estén en la parte baja de la montaña que aloja el núcleo antiguo, el cual se muestra sin graves mutilaciones y con numerosas casas rehabilitadas. Ahí está la antigua Casa do Concello (y la actual, claro) y lo primero que llama la atención es su fuente, una obra cuando el siglo XX era todavía muy joven. Y llama la atención, por supuesto, su enorme capilla de Santa Minia, parte de cuyos sillares fueron aprovechados de las torres de Altamira.

Dejando Brión atrás, la carretera sube con fuerte pendiente y en una gran curva a la derecha se toma el desvío a la izquierda, señalizado, para alcanzar a los pocos metros la iglesia de San Fins. O para ser más exactos, el conjunto monumental del que forma parte ese enorme templo, un edificio que data del siglo XVIII (aunque no se remató hasta el XIX) y en el que destaca su imponente torre. La rectoral, abandonada, es otro peso pesado del conjunto, que completan un muy trabajado cruceiro y un vía crucis. Todo el entorno está —siempre lo estuvo— muy bien cuidado, y han tenido la buena idea de levantar el cementerio mucho más abajo, de manera que visualmente se integra muy bien.

Más adelante, ya en la parte alta, esperan las torres de Altamira, esa fortaleza levantada sobre un castro y con restos de un palacio gótico que todo compostelano debería conocer. A su entrada discurre un camino muy bonito, no largo y que remata en una carretera, idóneo para estirar un poco las piernas. Otro camino que invita a la exploración es el que arranca a la izquierda justo frente al desvío que conduce a las torres, y ese sí que puede alargarse todo lo que se quiera.

Y continuando aparece un desvío a la diestra de por lo menos 300 grados y que resulta fácil que pase inadvertido, porque encima las señales se encuentran en sentido contrario al que va el excursionista. El objetivo es llegarse en descenso hasta Leboráns, donde esperan una capilla (San Fix, carente de interés) y un espectacular pazo privado. Si nos abandona la pista y en la carretera elige la derecha el excursionista llegará de nuevo a Brión, completando el círculo. Y esta vez no se va a encontrar con un guardia civil que, celoso de su trabajo, crea que es raro, muy raro, que ande por aquellos parajes gente joven.