Ricardo Novo, 102 años: «Na vida non poden faltar a leña e o viño»

«A GUERRA DEUME A VIDA», asegura este centenario fiel a sus costumbres, rodeado de nietos y bisnietos. Este patriarcado ejemplar que sostienen cuatro generaciones de chicos tiene el nido en Calo, cocina de leña, vino de casa, retranca. E moito conto...


Ricardo Novo acaba de cumplir 102 años rodeado de los suyos en la casa de la que nunca se quiso mudar, en la que hizo su vida tras acabar la Guerra Civil. «A miña casa é a casa de María Esther -cita orgulloso a la suegra que lo acogió-. Todos somos María Esther». La vida es un historial, según la ve este centenario nacido el 3 de mayo que bota viños e contos: «Un que era moi pobre e díxolle a muller: ‘Marchas a Francia e vas pedir informes nunha taberna’. O home chegou á taberna e alí había unha señora lendo o periódico. E colle ela e píntalle unha cama. E el: ‘Carallo, pero eu non son carpinteiro, eh!’».

Ricardo Novo nació en Piñeiro (Cardeiro, Boimorto), pero desde que se casó con Eladia en 1943 vive en Ameneiro, la aldea de la parroquia teense de Calo a la que llegó con una guerra que contar, en la que vio crecer a los cuatro hijos que tuvo (dos hombres y dos mujeres) y en la que fue haciendo negocios para que no faltase de comer. «Daquela había casas nas que só había paus. E hoxe hai rapaces que sempre son rapaces... Hai que espabilar!». Ley de vida.

EL PRIMER BRÓKER

Sin salir de su pedazo de tierra, Ricardo se dedicó a la madera, al cultivo y la compra de fincas, habas, judías, patatas. Y a cuidar los animales de la casa: dos vacas, gallinas, ovejas, conejos, cerdos «e unha besta para traballar». «Él trabajaba la tierra y tenía sus negocios, hacía de todo», resume su hijo Pepe. «Siempre decimos un poco de broma que mi abuelo fue el primer bróker, el bróker de Ameneiro. Lo mismo apilaba un montón de teja que sobraba de un lado para ofrecerla en otro que compraba tabaco en el estanco y se lo vendía a dos rosquilleiras para que lo vendiesen en las romerías», cuenta Alfonso.

LOS NOVO, CUATRO GENERACIONES DE HOMBRES.  De izquierda a derecha, y de arriba abajo, Miguel, Pepe, Ricardo y Manuel; Alfonso, Marco y Martín se juntan los fines de semana en la casa de la aldea, en la parroquia de Calo (Teo). En la imagen de la derecha, Ricardo,a sus 102 años, con la Yamaha Royal Star 
de su nieto Miguel.
LOS NOVO, CUATRO GENERACIONES DE HOMBRES. De izquierda a derecha, y de arriba abajo, Miguel, Pepe, Ricardo y Manuel; Alfonso, Marco y Martín se juntan los fines de semana en la casa de la aldea, en la parroquia de Calo (Teo). En la imagen de la derecha, Ricardo,a sus 102 años, con la Yamaha Royal Star de su nieto Miguel.

Aunque su hijo, viudo desde hace cuatro años, vive con él, Ricardo es autosuficiente, hace gestiones en el banco, no perdona sus vinos al mediodía y por la noche, ni la sopa antes de irse a dormir, cuentan sus nietos Alfonso y Miguel. «Na vida non poden faltar a leña e o viño», receta Ricardo, que no se enfada con nadie («para que?»), siempre da las gracias cuando lo van a ver, se levanta sobre las diez y se acuesta hacia las once y media de la noche. «Aunque depende de lo que estén dando en la Galega...», matiza Alfonso. Como los vinos, o el colacao con galletas de coco de las mañanas, Ricardo no perdona la hora, o las dos, de siesta. Según lle cadre. Y recuerda aquella vez que la durmió con su cuñado Luis al pie de una cama con el soporte estropeado. «O meu cuñado veu arranxar un metálico da cama, e eu díxenlle: ‘Si, si, pero primeiro imos botar uns viños’...». Y a dormir.

DEL HÓRREO AL BATALLÓN

Ricardo tiene un humor como un buxo, madera dura y raíces. Y una parte del corazón, en un hórreo de Boimorto, donde él dormía los veranos de niño y al que volvió hace unos años. «O hórreo aínda segue alí. É a miña terra... Cardeiro. Morreu miña nai cando eu tiña seis meses e meu pai marchou a América e volveu casar. Moita xente ía facer as Américas. Eu crieime cuns tíos por parte de nai, que non eran moi espabilados», cuenta sentado junto a la cocina. En ella echa leña día a día quien siempre se abriga por dos, porque sabe qué es el frío. «Con 14 anos fun servir a unha casa na que había mozuelas, e a nai dixo: ‘Tes que marchar!’ [risas]. Ai, carallo, é que andaba moito con elas, e como era pobre non estaba ben. E eu dixen: ‘Marcho por sinvergüenza, non por ladrón», revienta de risa. Su secreto, dice, es tener siempre «un durito en el bolsillo, porque las casas no dan, a la casa hay que darle. En la vida hay que estar siempre de buen humor y llevar un peso en el bolsillo», explica cambiando su ironía al castellano. «Pero se non tes nada é fodido. E se tes que pedir... ai, ai, ai!».

«A min quen me deu a vida foi a guerra», asegura Ricardo Novo. Lo pilló con 19 y la sufrió los tres años, «pero sempre moi ben atendido, porque sabía arrimarme ben, sabía arrimarme á xente que sabía». En Teruel lo hirieron en un pie, se hizo el muerto toda una noche, sobrevivió y en el valle del Ebro, en el año 38, perdió el ojo derecho. Herido de guerra, Ricardo Novo vio la suerte en el título honorífico de sargento de infantería que le dieron tras reclamar los puntos que necesitaba (45) en Madrid.

La edad dorada llegó para él en los cuarenta, cuando conoció a Eladia en Conxo. «A miña sogra, María Esther, pediu informes... e déronllos ben!». Durante un tiempo, Ricardo trabajó como empleado en el psiquiátrico de Conxo por un sueldo de 35 duros al mes, que sumaba a los 20 que recibía del Estado por la invalidez, recuerda. «Pero deixei ese traballo para quedar na casa e traballar particularmente, pola miña conta. A min víñanme as empresas a buscar á casa, pero eu era na casa onde quería estar», sonríe. «O mellor da vida? Ter unha vida tranquila, ter unha casa na que estar, ter de comer... e ter viño!», asegura Ricardo, que a sus más de 100 se resiste al agua porque da «acidez».

«Xesucristo invitou aos amigos e púxolles na mesa unha xerra de auga. A xente estaba triste. Entón colleu e bendiciu un barril de viño e a xente xa estaba contenta!, xa cantaba...», cuenta. Y no hay quien lo detenga: «Había un matrimonio de Zaragoza moi pobre. E eu leváballe pan á muller. E o home díxome: ‘Gallego, ¡no quiero que le hables a mi mujer!’. E eu: ‘Oiga, que su mujer no me hable a mí’». «Eses contos a el gústanlle moito», dice su hijo Pepe, que fue emigrante en Suiza y al volver a Galicia montó una de las cafeterías más populares de Ribeira, Nordeste.

Los Novo tejen con los hilos de los años un patriarcado que fomenta el valor del nido, el del tiempo en familia, el del querer estar. Son una saga de hombres «por cómo vinieron las circunstancias», dice Miguel. «Pero siempre estuvimos unidos. Nunca hubo desavenencias. Posiblemente, parte de la educación, de que la familia es la familia, y hay que cuidarla», dice Pepe. «¿Y eso de quién viene, de la abuela Eladia, no, papá?», pregunta Alfonso. «Sí... Ella tenía la ilusión de hacer una casa donde cupiésemos todos», responde Pepe.

«La educación de mis padres fue muy estricta, basada en el respeto. En casa había el negocio familiar y desde jovencitos tuvimos que trabajar de verdad. Sabíamos que las cosas no eran gratis», cuenta Alfonso. «Era precisamente con esa intención, para que vieseis que el dinero no cae de arriba», afirma su padre. «Nunca nos faltó de nada. Teníamos lo que necesitábamos, pero pocos caprichos», asegura Miguel. «Había educación, había sacrificio. Y hoy estamos orgullosos. Mi padre es ejemplar. A mí me dan la vuelta y digo ‘gracias’, y eso es resultado del esfuerzo de mis padres», dice Alfonso. El vínculo se mantiene a través de los años por el amor y la educación, afirman, y llega hasta los bisnietos de Ricardo.

En todas las comidas de esta casa de Ameneiro se brinda con vino. «Y todas las veces que venimos, el abuelo nos da las gracias por venir», revela Alfonso.

«Antes a xente conversaba nas feiras, e tíñanse moitos fillos. Había unha señora que dicía: ‘Nace un rapaz, nace unha espigha’. Unha espigha o carallo!», dice Ricardo, que aún recuerda las noches de cuartel. «Ás veces ía tanto frío que había que poñer máis roupa por debaixo que por arriba, porque en campaña durmíase no chan», no olvida.

Ricardo Novo (Boimorto, 1917) ten un carro de anos e de contos. Y un deseo que le mueve los pies, volver al primer lugar, «á miña terra, Cardeiro».

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