El área de Santiago tiene más de 13.000 hogares en los que solo viven mayores

La media de edad de la población supera la de Galicia y pasa de los 50 años en zonas como Terra de Melide, Xallas o Arzúa


santiago / la voz

El principal problema de Galicia es, desde luego, el principal problema de Santiago, y sobre todo, el de las zonas rurales de su área de influencia, donde la media de edad supera los 50 años, lo que obligará a gestionar los recursos y servicios de sus concellos de una forma muy distinta a como se hacía hace solo un par de décadas, dando prioridad a la dependencia.

La media de edad de la población gallega es elevada; está en los 46,5 años. Pero en la mayor parte de las poblaciones de Santiago se supera ese baremo; es más, hay comarcas como Terra de Melide, Xallas o Arzúa, en la que incluso se supera de media la cincuentena: 50,4 en la primera; 50,1 en la segunda y 50,5 en la tercera. Solo la comarca de Santiago, con familias jóvenes asentadas en su cinturón, está por debajo de ese cómputo gallego, con 43,7 años de media. A Barcala le corresponden 48,9 años; a Ordes, 47,2 y a Sar, 47.

Ese envejecimiento de la población tan agudo da lugar a otros fenómenos desconocidos hasta hace nada en una sociedad, como la gallega, en las que los hogares, por tradición, estaban formados por familiares de todas las generaciones, desde ancianos a bebés. Ahora, los jóvenes abandonan las aldeas en busca de una oportunidad en la ciudad, y los abuelos se quedan solos. Pero también ocurre en las ciudades, en urbanizaciones donde se asentaron familias en los años 70 y de las que posteriormente marcharon los de menos edad, bien porque encontraron trabajo fuera, bien porque esos edificios no cumplen con las condiciones mínimas para criar una familia.

El número de viviendas del área de Santiago en las que solo viven personas mayores de 65 años era, a finales del 2016, de 13.164, según el Instituto Galego de Estatística. Hace diez años, eran 8.487. En una década se pasó del 13,6 % del total al 17,8 %.

Las abuelas de Pontepedriña se quedaron solas

El local de la Asociación de Avoas de Pontepedriña lo preside una orla del año 2005 en la aparecen fotografiadas las 58 mujeres que pusieron en marcha la entidad que tanto hizo por el desarrollo del barrio. Hoy, quedan una docena. La mayoría son viudas, la mayoría viven solas. Es difícil asumir la soledad. «Chegamos a ser 18 na casa, con fillos noras e netos, e agora quedo eu». Lo dice Concha Rozas, que a sus 81 años, lejos de querer dar pena, lo que quiere es denunciar la situación de un barrio con serios problemas de movilidad y en el que viven tantas personas mayores con dificultades, como ella, para subir las escaleras.

Concha es una de las expropiadas de San Caetano, y cuando se quedaron sin casa, se le ofreció un piso en Pontepedriña. «Escollín o terceiro porque era grande e luminoso. Sabendo o que sei hoxe collía un baixo». Lo que sabe hoy es que los maridos se mueren, los hijos se marchan y, con los años, un día será imposible subir esas escaleras.

Y eso que Concha es una mujer activa, no le deja muchos tiempos muertos a la jornada: «Levántome ás sete, collo o bus urbano e vou á Porta de Camiño a ximnasia, onde teño un profesor que ten 92 anos. Logo paso pola praza, falo con un e con outra, collo algo de comer e marcho para casa. Fago a comida, como, frego, descanso, paso o ferro e fago o que haxa que facer e veño para o local social, ata as nove da noite. E o peor é volver a casa. Vou polas escaleiras arriba que as vexo e as desexo, nunca fixen o Camiño de Santiago pero vaia se o fago agora para subir!», dice con humor.

Lo que más le duele es que ella, que hizo tanto por el barrio desde la asociación y por su bloque de viviendas, ahora no pueda contar con los vecinos. «Síntenme respirando forte polas escaleiras arriba e pechan a porta, non queren saber nada», se lamenta.

Vive sola, pero no está sola. Tiene cuatro hijos y una hija discapacitada que está en un centro y que cada quince días pasa el fin de semana con ella. Los hijos viven su vida, están casados y tienen familia, pero están pendientes de la madre y de llevar de paseo a la hermana cuando está en casa. «Teñen que vir para axudarnos a subir, porque non pode ela nin podo eu». Y la vivienda hubo que reformarla, cambiar la bañera por un plato y adaptarla a una realidad que nada tiene que ver con la que vivía Concha de joven con su marido y con la casa llena de niños. ¿La pensión de viudedad le llega? «Que remedio, pero non podo ir á praia a non ser que me leven eles». Austera por necesidad.

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