Esta es la Galicia donde aún nacen niños

UNA LUZ EN EL MAPA Los datos apuntan que Galicia volverá a los niveles de los 70 por la pérdida de habitantes. Pero, ciudades aparte, hay lugares para la esperanza, que le están dando el relevo a la vida. Este es nuestro «baby top»

CÁNDIDA ANDALUZ Y CARLOS PUNZÓN

Todos sabemos que un hijo te cambia la vida, dice Esther Blanco Guiñoy, consultora de empresas y madre de tres niños que vive en el concello que más da a luz, o más luz arroja sobre el mapa de Galicia, Ames. Aunque, viendo las cifras, eso de que un hijo te cambia la vida es una verdad que constatamos cada vez menos con la experiencia. Desde el 87 xa choveu, y a la vida le flojea la mano en el pulso a muerte que echa en Galicia. «Vivimos en una sociedad donde suele primar lo material, lo cómodo y se ha perdido un poco el intentar disfrutar de los pequeños momentos. Y donde hay pocas ayudas constantes para las familias, y esto es clave. Cuando llega un niño recuperamos la alegría y la capacidad de ver la magia de cada instante», asegura Esther en el centro de su piña, en un posado familiar por la remontada demográfica en el que hoy falta su marido, Javier. Estamos en el parque infantil «de las piscinas». En O Milladoiro, el gran motor demográfico del área metropolitana de Santiago, y que tiene incluso una Escuela de Mamás, a la que acuden familias de toda Galicia, según apunta su directora, Ana Argiz, madres y padres. Los tres niños de Esther, Kevin (11 años), Thalía (9) y Anahí (7), son una sonrisa que vale por cientos en un mapa con muchas arrugas. Ames tiene 23 parques infantiles y diez centros educativos, una oferta para respirar, pero que se queda «escasa» en coles, considera Esther. «Ames es un lugar tranquilo y lleno de niños, en los parques siempre se encuentran para jugar... Hay buenos espacios verdes, y ojalá hubiese más, para hacer actividades como pasear en bicicleta en familia de forma segura con ellos», plantea Esther, que lleva más de veinte años haciendo vida en el municipio más neneiro.

El campanario de Galicia está aquí. En Ames, hace solo once días nació Xoel, uno de sus más jóvenes vecinos. «Nós vivimos en Bertamiráns, e embarazada botei en falta servizos para poder ir a natación ou pilates; que o Concello se involucrase un pouco máis. Tiven que buscar a vida polo privado. Pero Ames paréceme un bo lugar para vivir con nenos. Hai moitos parques, iso agradécese, e tamén coles», dice Noelia Otero, que se estrena como madre con Xoel. Ella se mudó hace poco más de un año a Ames, donde la cigüeña ha dejado más bebés en el 2017. El rey ya en el 2016 con un saldo positivo de 192 personas, este concello cerró el último año del que hay datos con 139 bautizos más que entierros. Arteixo, O Porriño, Salceda, Cambre, Barbadás, Poio, Culleredo y Ponteareas son otros de los municipios del «baby top galego». Hay oasis, y algún milagro. Por ejemplo, a A Gudiña le crecen los enanos en el mejor de los sentidos. Los datos del Instituto Galego de Estatística (IGE) están a 0 en el marcador de nacimientos. En A Gudiña, oficialmente, no nacen niños, pero la realidad tiene barriga, y este concello una casa nido, Pequechos, que se ve obligada a desechar solicitudes. «Porque como casa nido no podemos tener más de cinco niños», cuenta Aurora Mesón, directora de Pequechos.

Como reveló el periódico el pasado noviembre, en A Gudiña nacieron siete niños en el 2017, y en el 2018 «otros siete», calcula a ojo Aurora, que de lo que no tiene duda es de que solo el pasado mes de septiembre al menos cuatros mujeres dieron a luz en A Gudiña. Ella fue una. «¡Y este año vienen más! Que yo sepa, hay por lo menos tres embarazadas», avanza.

¿DÓNDE DAMOS EL ESTIRÓN? Ampliamos el foco. Según los datos oficiales, el pasado 2017, en Galicia hubo 18.312 nacimientos (9.402 hombres, 8.910 mujeres) y 31.676 defunciones. Así que quedamos a deber miles de bebés para compensar el problema cada vez más grande que arrastramos.

La esperanza brilla en los 16 municipios gallegos en los que la vida le gana a la muerte, si sumamos a los 14 concellos que figuran con saldo positivo en la estadística los dos ourensanos que sacan 0 en el examen de nacimientos, pero que tienen una realidad que merece mejor nota. A Gudiña es uno, y el otro, O Irixo.

Nos movemos del cinturón de Santiago hacia la costa, con ganas de echar barriga por una buena causa, y sin dejar de lado lo que subraya Esther en Ames: «Los organismos públicos deberían destinar ayudas periódicas a las familias, no solo esporádicamente, como sucede». «Fan falta axudas, non só económicas. Permisos de paternidade e maternidade máis amplos, ou que non se peche a porta nas empresas a unha muller embarazada», completa Noelia, que sufrió esta circunstancia, afirma, en carne propia.

Nos vamos a Burela, que merece una fiesta aparte. Es uno de los lugares donde la vida está pisando fuerte, en buena parte gracias a la inmigración. Es de los que crecen con viento mareiro, y están pegando el estirón.

Burela cerró el 2017 con un saldo positivo de 14 personas. ¿Para echar cohetes? Para ver fuegos artificiales cuando la realidad gallega general en lo que se refiere a compensar la balanza entre nacimientos y defunciones va por otro camino. Burela es el ayuntamiento con mejor dato vegetativo de Lugo, de Norte a Sur y de Este a Oeste en la provincia según los datos del 2017 del IGE. Y el único que crece en vida de toda A Mariña.

 UN BUM PERUANO

Una causa importante de este aumento vital, de que en Burela se celebren a día de hoy más bautizos que entierros o de que en el parque de Rosalía de Castro o en la praza da Mariña las risas de los niños nos pongan otra a nosotros, es la población extranjera. Gracias a los inmigrantes, Burela es joven (con casi un 12 % de sus vecinos menores de 15 años) y rompe el patrón habitual. De Perú llegaba hace diez años Enith Palomino Luna (1977), que conocía aquí precisamente al que sería su actual marido, Martín Paniagua Gamboa, marinero. Aunque en su país sus respectivas familias vivían «a dos cuadras más allá», muy cerquita la una de la otra, el destino se empeñó en que fuese a casi 9.000 kilómetros donde sellasen sus vidas y aumentasen la familia. De una relación anterior ella ya tenía a Harold, que aterrizó en A Mariña con 8 años; él, otro hijo que está en Uruguay. Después, fruto de su unión, nacieron Erik y Naomi. Este mes precisamente los pequeños de la casa cumplirán 6 y 4 añitos. Su hermano, mayor de edad desde el año pasado, ayuda a su madre bastantes veces en su cuidado, sobre todo cuando el padre está faenando en alta mar. A veces, durante varios meses...

«Yo pensaba que aquí había muchos más niños. A los cinco años de venir, peruanas embarazadas que yo conozca eran ya diez. Fue un bum. Y caboverdianas también unas cuantas. Pero españolas veía muy pocas. Era raro ver una española embarazada. Hablando con alguna amiga que era de aquí me decía que quería un hijo pero no más», señala Enith. «Creo que aquí lo planean todo y veo que el modo de vida también es diferente», añade.

En Perú, indica, «antes la media de hijos en una familia era de cinco o seis. Ahora ya se están acostumbrando a tener dos, la pareja, como decimos nosotros». En su caso, si el segundo hijo hubiese sido niña y no niño, asegura: «Me hubiese quedado ahí. Date cuenta de que mi esposo tiene un hijo en Uruguay y es una manutención que manda él, todos los meses». Fue a por la niña, ¡que llegó a la tercera!, recordando a Enith la «primera y única muñeca» que su madre le pudo comprar cuando era pequeña: «Desde que tuve al mayor ya quería una niña. Era mi ilusión. Mi hija tiene como diez muñecas y yo tuve solo una y mi madre trabajó tanto para comprármela...». «Es algo que tengo muy marcado», cuenta.

«Aunque dicen que donde comen tres comen cuatro, yo trato de cuidarme», indica con respecto a tener más hijos, algo que no se plantea. «Tengo tres pero es como si tuviese dos, porque al tener Harold 18 años... ¡no veas cómo me ayuda! ». Su mesa del comedor la preside una imagen de Nuestro Señor de los Milagros, que venera la comunidad peruana. Solo un milagro como el de Burela podría romper la caída demográfica gallega.

El despoblamiento paulatino del rural y el envejecimiento de la sociedad ourensana es una realidad más que visible y palpable, no solo echando un ojo a las estadísticas, sino dándose un paseo por la provincia. A pesar de todo, los concellos intentan tomar medidas que animen a los jóvenes a no huir y a apostar por el lugar que les vio nacer. Y que, con los servicios adecuados, puede verles crecer y hacer la vida felices. Algunos, los menos, lo intentan y pese a las dificultades lo consiguen. Otros acaban sucumbiendo al signo de los tiempos. Detrás del abandono del campo está la falta de trabajo o la eliminación de servicios que hace imposible que los hijos, una vez que crecen, se sigan formando en estos núcleos. Pero hay ourensanos que pese a todo deciden quedarse. A veces tiran las raíces. No lo hacen solo por el vínculo de amor a la tierra, sino también porque creen que es el lugar ideal para la formación y crecimiento de sus hijos. Seguimos poniéndoles cara a quienes luchan contra las estadísticas, como es el caso de Susana Marnotes Trigás y José Luis Fernández Álvarez. Estamos en O Irixo. Luchando por la vida, gracias a Inés.

ROMPEN LA ESTADÍSTICA

Inés Fernández Marnotes tiene 15 meses y es la prueba de que el IGE a veces se equivoca. La pequeña es la única persona nacida en O Irixo en el 2017, a pesar de que el Instituto Galego de Estatística diga que ese año no se registraron nacimientos en la localidad. El error no es importante para ellos, aunque revela que a veces la realidad supera, aunque sea por uno solo niño, el dato oficial.

No es casualidad que Inés haya nacido y esté empadronada en O Irixo. Sus padres, Susana y José Luis, residen en esta localidad y es donde quieren que su hija viva, crezca y se eduque. El 24 de septiembre del 2017 se convirtió en una vecina más de O Irixo, la única (que nos conste) nacida ese año. «Temos claro que queremos que ela viva aquí, no lugar. Na actualidade ten todo o que precisa para desenvolverse coma o resto dos nenos», afirma la madre. Susana añade que la apertura de la Casa Niño Os Raparigos será una gran ayuda, aunque ella tenga la suerte de trabajar en la localidad y el hecho de conciliar le sea más fácil que a otros vecinos. «Alí son cinco nenos e está moi ben. Eu podería deixala dende as nove da mañá ata as catro da tarde», explica. El concello de referencia más grande en la zona es O Carballiño. Allí también vive parte de la familia de este matrimonio. Y aunque a pocos kilómetros tengan muchos más servicios, para ellos no es una opción de vida. «Para facer algunhas cousas temos que desprazarnos en coche. Pero a xente que vive no Carballiño tamén o colle en ocasións, a diferenza non é grande», señala. Cuando Inés sea mucho mayor quizás necesite trasladarse a otra localidad para seguir con sus estudios, pero de momento lo descartan. «Para nós, é importante a familiaridade que hai nun lugar coma este. Todos nos coñecemos. Os veciños saben quen é Inés e están aí para calquera problema que poida haber nun momento puntual. E iso non sucede nos sitios grandes», valora la madre.

Los padres de la única nacida en O Irixo en el 2017 señalan que la educación en los colegios de las poblaciones pequeñas es distinta. «Vemos que os nenos fan moitas excursións. Teñen moitas actividades e os pais teñen a opción de deixar aos nenos algún día ata máis tarde ou levalos antes. E iso é un luxo», aprecian.

UN RENACER INFANTIL

El alcalde de A Gudiña se indigna cada vez que ve las estadísticas de población oficiales. Dos años seguidos le atribuyen a su pueblo cero nacimientos, pero él cuenta hasta 17 bebés llegados al mundo en la villa entre el 2016 y el 2017, y otros siete u ocho el año pasado. «A Gudiña está viviendo un auténtico bum. Las estadísticas no dicen la verdad», dice molesto José María Lago, consciente de que una imagen de su localidad que transmita dificultad para cuidar a los pequeños no atraerá a nuevas familias.

El municipio ourensano fronterizo con Zamora vive como una afrenta que no se le reconozca estadísticamente su renacer infantil. Y tan instalado está ese malestar que una de las postales de Navidad premiadas en las fiestas pasadas componía con los nombres de los 68 niños del pueblo un árbol navideño.

«La vida aquí es difícil», advierte el farmacéutico de A Gudiña. Pero el AVE está cambiando las cosas antes incluso de haber llegado. Puerta de Galicia se llamará su estación, la primera que habrá en la comunidad hasta llegar a Ourense. Su construcción y la del tendido ferroviario se están convirtiendo en un particular El Dorado. Alguno de los trabajadores de la línea de alta velocidad se han asentado en el pueblo, y han contribuido a que la natalidad vuelva a repuntar, digan lo que digan las estadísticas.

La casa nido (algunos de sus niños, en la foto) es la prueba patente de que los pequeños han vuelto. Sus cinco plazas, como señalábamos al inicio de este reportaje, ya no son suficientes para atender a los menores de 3 años. Y sus padres se arreglan entre los abuelos y los servicios que encuentran en las limítrofes Verín, Viana o A Mezquita.

El alcalde lucha por conseguir una segunda casa nido para que ningún pequeño tenga que ser atendido fuera, mientras trata de convencer a la Xunta de que A Gudiña merece un salto de calidad en aras de la defensa del medio rural. «Queremos un Punto de Atención á Infancia», en términos administrativos un PAI, nada menos. Así podrían ser cuidados a la vez hasta 15 pequeños.

Los peregrinos han impulsado la actividad hostelera, aunque aún no tanto como los trabajadores del sector eólico o los del AVE. Pero el pueblo tiene esperanzas en que el Camino se deje notar cada vez más.

«Hay más vida en los negocios, más gente», apunta José Francisco Gago, director desde hace diez años del colegio público Laureano Prieto. El centro aún no ha notado el salto demográfico del que habla el regidor local, pero adelantan que estarán encantados de acoger a cuantos niños vayan a empezar su vida académica. Ahora lo hacen en el aula de 3 a 6 años siete pequeños del pueblo y otros 38 en la de 6 a 12 años, aunque se suman integrantes de las familias de los municipios de la zona.

Siete bares y restaurantes se suceden en 300 metros de la calle principal de A Gudiña, que vive también un repunte en las paradas de los vehículos que transitan en la autovía que une con Madrid. No saben si el AVE les restará público. Confían en que les traigan más por las vías, mientras el alcalde vigila la estadísticas, «porque ya hay dos mujeres embarazadas. Que no nos vuelvan a dar cero nacimientos», advierte.

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