Niños con prismáticos


Las personas generosas suelen pensar que su misión en la vida es dejar un mundo mejor para las siguientes generaciones. La filantrópica idea, siendo buena, se acabará cayendo por su propio peso cuando nos quedemos sin herederos, y no andamos lejos, según el ránking de Eurostat que analiza la demografía de un millar de urbes y que pone a las principales de Galicia en la cola del cada vez más Viejo Continente.

Santiago aparece en el puesto 673, con un 4,53 % de niños de entre 0 y 4 años, al nivel de Valencia o Barcelona, cerca de Lugo y Pontevedra, y por delante de A Coruña o Vigo. Tanto da medio punto arriba o abajo, las cifras son preocupantes en todos los casos y en cada lugar tienen sus matices. En Compostela se dieron tres circunstancias que explican parcialmente la desertización de los parques infantiles, y todas se pueden situar en los años 90 sin que haya todavía atisbos de reacción. El baby bum fue cediendo mientras irrumpía el fenómeno metropolitano, que aupó a Ames, Teo y Oroso por encima de los 50.000 habitantes, la mayoría jóvenes, al tiempo que la capital se estancaba en los 95.000 vecinos. El adelgazamiento de la matrícula universitaria tampoco ayudó, y no me refiero a la algarabía estudiantil, sino al efecto ancla que generaba Santiago para jóvenes profesionales que establecían en la capital su nueva residencia.

Si se amplía la mira y se incluye el área de influencia el drama se dulcifica, es cierto, pero esto ya no es una cuestión de ránkings ni de arrimar el ascua demográfica, sino de coger los prismáticos por el lado correcto: no es un problemilla, es un problemón.

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