Pablo Guitián, director del hotel Palacio del Carmen: «El problema de Santiago es con los visitantes, en cuatro meses y cuatro calles»

Juan María Capeáns Garrido
juan capeáns SANTIAGO / LA VOZ

SANTIAGO

XOAN A. SOLER

«Pasamos de fijarnos en Salamanca o A Coruña a hacerlo con Florencia», dice

03 oct 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Pablo Guitián (Santiago, 1979) lleva 16 años como director del Hotel Palacio del Carmen, pero su vida profesional ha estado ligada a este establecimiento desde incluso antes de acabar sus prácticas como estudiante del Centro Superior de Hostelería de Galicia. Ahora es responsable de área de Galicia y Portugal de la cadena. «Me gradué en el 2002, y hasta hoy», resume. Esta semana ha sido «distinta», ya que ha sido el anfitrión de la celebración del primer cuarto de siglo de un alojamiento especial, por historia y por el vínculo del presidente de ACHM Hotels by Marriott, el empresario Antonio Catalán, que no falla en su cita con el Camino de Santiago desde hace cuatro décadas.

—Dirige un hotel que fue un convento, ¿cuánto ayuda un edificio histórico en Santiago para atraer clientes?

—El edificio tiene 300 años de historia. Fue una fábrica de curtidos; después fue un convento, las Oblatas; y se compraron unas ruinas en 1999 para construir un hotel histórico. Eso nos ha permitido integrarnos en la línea Autograph Collection, que identifica hoteles únicos. Hay marcas que te ofrecen un mismo servicio y la misma estética en cualquier lugar del mundo, y nosotros hacemos lo contrario, nos comprometemos a que cada hotel sea único y singular.

—Ese carácter histórico también tendrá contraindicaciones.

—Si tú pones las amenazas y las oportunidades en la balanza, hay de las dos, pero las oportunidades pesan más. Somos un hotel experiencial, o aspiramos a serlo. No satisfacemos solo la necesidad de dormir, queremos ampliar la experiencia en el destino, con una conexión directa con la ciudad, su gastronomía y su patrimonio. Eso suma, pero que Patrimonio nos obligue a tener suelos de madera también implica que si una persona con tacones camina, algo se escucha.

—En los actos del 25 aniversario ha insistido en hablar de las personas.

—Hablé de las personas en todas sus variantes. Clientes, empleados... entre unos y otros han pasado por aquí unas 800.000 personas. Han sido casi 400 bodas, y hasta ha habido parejas entre los trabajadores.

—Su éxito va de la mano del Santiago turístico, ¿cómo ha cambiado?

—Además de celebrar los 25 años hemos aprovechado para hacer una reflexión y analizar todo lo que ha ocurrido y lo que queremos hacer en el futuro. Santiago es un destino que es radicalmente distinto a hace 25 años, con especial impacto en el mercado internacional, y hablo en positivo, porque el nivel adquisitivo del cliente que nos visita ha crecido. Cuando empezamos nos fijábamos en el comportamiento de ciudades más cercanas, como A Coruña o Salamanca. Hoy podemos medirnos con Florencia y ciudades de ese estilo. Ahora pertenecemos a una empresa global y cuando un cliente viaja desde Estados Unidos su puerta de entrada puede ser Londres, París o Madrid. Y si entran por Madrid, cada vez más quieren visitar también el norte, y acaban en nuestro hotel de San Sebastián o en Santiago. Estamos en un circuito internacional de viajes y ese cliente, especialmente el americano, es muy interesante, porque sabe a lo que viene y les gusta disfrutar la ciudad.

—Han elevado la calidad, pero el problema, al menos el debate público, ya está en la cantidad de turistas.

—Me preocupa ese debate de la turistificación. Lo digo como una opinión personal avalada por datos. El turismo de esta ciudad no es un problema, al contrario, es la mayor oportunidad que tiene Santiago en este momento. Hay pocas ciudades en el mundo en las que su plaza mayor, el Obradoiro, represente también a su localidad. Con las administraciones públicas allí ubicadas, la historia y la religión de la Catedral, la Universidade, cada vez más diluida entre todos los campus gallegos; y el Parador, que representa el turismo y el final del Camino como hospital de peregrinos que fue. Todos son focos de atracción, y todo tiene que fluir y funcionar.

—También para los vecinos, entre los que hay una corriente de queja creciente.

—Santiago tiene que reflexionar sobre cómo proteger a sus habitantes para generar una verdadera oportunidad de empleo. Pero proteger también a los turistas. En todo caso, podemos tener un problema con los visitantes durante cuatro meses y en cuatro calles. Yo paso todos los días por Xeneral Pardiñas y rara vez me cruzo turistas. Y en verano, en el Ensanche, es habitual ver a la hostelería cerrada. Sin embargo, si cruzo por la rúa do Franco, entonces sí ves a mucha gente.

—¿Qué quiere decir?

—Que hay que pensar en los flujos de gente. Yo, en el hotel, si tengo una boda de 180 personas, tengo que pensar por dónde entran, dónde dejan los abrigos, dónde van a comer y por dónde se van a ir... En Santiago concentramos a todos los visitantes en Xoán XXIII. Yo entiendo que si vives en esa zona tiene que ser terrible, y por eso creo también que hemos perdido una oportunidad importante con la intermodal para generar un nuevo punto para esos flujos.

—Entonces, ¿comprende esas críticas y esos problemas de convivencia?

—Santiago tiene todo lo que una ciudad querría tener, y no podemos luchar contra su idiosincrasia. Llevamos 800 años recibiendo a gente de todo el mundo. No hay una ciudad que esté mejor señalizada, en cualquier lugar hay una indicación del Camino, que un producto turístico transversal. Todo es icónico, hasta tenemos el Códice Calixtino, que es la primera guía turística de la historia. Es cuestión de repensarlo y aprovecharlo, aunque a veces a los propios gallegos y compostelanos nos cueste valorarlo y tengan que venir otros a decírnoslo.

—Como Antonio Catalán, que no falla nunca a su cita con Compostela. ¿Es una presión añadida recibir al jefe todos los años?

—No, lleva viniendo desde hace unos cuarenta años por una promesa personal, y mientras tenga salud la va a seguir cumpliendo. Él es un hotelero de vocación, no es un financiero que solo gestiona, es un propietario exigente pero súper humano y tiene muy claro que si él cuida de las personas, las personas cuidarán de sus hoteles.