Camareras de piso al límite en Santiago: «Muchas veces tienes que salir tarde y ese tiempo no te lo paga nadie»

Yaiza mesa / s. l. SANTIAGO/ LA VOZ

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María Santana, trabaja como camarera de piso en Santiago
María Santana, trabaja como camarera de piso en Santiago JACOBO RODRIGUEZ

Presión diaria, tiempos imposibles, sueldos insuficientes y un aumento de las bajas por enfermedad dibujan la radiografía de un sector infravalorado

01 sep 2026 . Actualizado a las 13:03 h.

Sobre el papel, seis son las habitaciones que tiene que arreglar María Santana, que comenzó en el 2024 a trabajar como camarera de pisos en el Hostal dos Reis Católicos. Pero, en realidad, debido a las continuas bajas por enfermedad de sus compañeras, María hace entre siete y ocho habitaciones en una jornada de cinco horas. Los horarios también se difuminan entre la tinta de su contrato, según explica Santana: «Cuando tienes más de seis habitaciones, muchas veces tienes que salir tarde y ese tiempo no te lo paga nadie. Y ya si, por ejemplo, te toca una habitación VIP, que tiene cafetera, o triple, es prácticamente imposible terminarla en treinta minutos». Según cuenta, las habitaciones que le programan ese día son inamovibles. Y, si se le prolonga el tiempo que tarda en limpiarlas más allá de su jornada laboral, no es compensada. «Según los gerentes, tú deberías saber gestionar bien el tiempo y nuestro trabajo es multidisciplinar, así que se desentienden de lo que tardamos en hacer todo. A veces es casi una hora al día adicional», explica.

Contratada a través de una empresa de trabajo temporal, cuenta que cada dos meses le daban la baja médica a una compañera. «Es un trabajo muy físico, que normalmente causa dolores de lumbalgia y de rodillas», observa. Ante esta repetitiva situación, la solución que encontró la mutua fue derivar las consultas médicas de las trabajadoras a la ciudad de A Coruña.

Organización deficiente

«Avisaban a las compañeras con muy poco margen de tiempo, a veces con un día de antelación, mujeres con niños y responsabilidades que no podían marcharse de repente a otra ciudad solo para ir al médico», afirma Santana. «Amenazamos con hacer huelga, y entonces fue cuando nos pusieron las citas médicas otra vez en Santiago», declara María, que recuerda este pasado otoño como el momento en el que estalló la presión en su trabajo. La limpiadora afirma que el trabajo en sí no le desagrada y que no le parece monótono, sin embargo, la presión del tiempo y la mala organización de los horarios pesan demasiado sobre ella.

Diana Nkogo, trabaja como camarera de piso en un hotel de Santiago
Diana Nkogo, trabaja como camarera de piso en un hotel de Santiago Sandra Alonso

Con una organización muy mejorable es como asegura que trabaja Diana María Nkogo, camarera de pisos en la residencia Lemonade. Diana describe las dinámicas de trabajo como caóticas, desde su entrada esta temporada de verano. «Se pierde muchísimo tiempo, no hay una organización establecida. Falta material de limpieza, tenemos que compartir la aspiradora entre varias y la lavandería es cada tres días, así que no sabemos muchas veces cuando podremos terminar de hacer una habitación», declara Diana, que acumula seis años de experiencia trabajando en el sector hotelero.

«Siempre existe muchísima presión por terminar rápido las habitaciones y no interrumpir a los clientes, pero aquí, a la presión se le añade el caos», lamenta Nkogo. Esta limpiadora sostiene que ha llegado a estar hasta diez días sin librar. «Hace tres semanas que cobramos las horas extra y ha sido porque hubo una inspección de trabajo», puntualiza.

En el 2016 Laura Fernández trabajó por primera vez como camarera de pisos en un hotel de la ciudad. Fue su primer y último servicio en esta profesión. «Los dos principales problemas son el ritmo tan frenético y las condiciones del contrato», declara Laura. «Ahora me sigo dedicando a la limpieza, pero de pisos turísticos, y no tiene color. Puedo programar mi vida y sé cuando entro, pero también cuando voy a salir», afirma.

«Muchas habitaciones y muy poco tiempo, siempre andamos con el corazón en la garganta»

Carolina Bravo comenzó en el 2016 como camarera de pisos y, desde hace cuatro años, es gobernanta en un gran hotel de la ciudad. Peleó las 16 habitaciones diarias que se hacen en la jornada de siete horas de sus compañeras. Cuando entró eran 18 en el mismo tiempo. «Una cantidad insufrible, muchas habitaciones y muy poco tiempo, siempre andamos con el corazón en la garganta», apunta.

Las muñecas, las rodillas y el lumbago son las partes del cuerpo más castigadas en un trabajo que acarrea un notable desgaste físico. «Cada vez que una chica nueva entra, le doy cinco días de trabajo a cuatro horas, y muchísimas renuncian al terminar la semana. Aunque también es muy común que vengan un día y no aparezcan más», afirma la gobernanta, que conoce los dolores que padecen sus colegas de profesión.

«Tengo una compañera trabajando que ha ido dos veces al tribunal médico y le han negado la discapacidad. Está operada de las dos muñecas y sigue teniendo que hacer las camas todos los días», revela.

Otro de los principales problemas a los que apunta Carolina Bravo es la desconexión entre empresa y empleado, siendo este último contratado a través de firmas de trabajo temporal. «Desde que empecé he pasado por cinco empresas externas, sin saber cuánto o cuándo iba a cobrar ese mes», afirma Bravo.

Lesiones que se cronifican

No tiene una solución inmediata, pero apunta varios remiendos: «Un mayor civismo por parte de los huéspedes facilitaría nuestro trabajo diario, una mejora del convenio que aumente el sueldo, más conciencia de lo duro que es el trabajo y menos presión con el tiempo», señala Carolina. «Deberíamos poder jubilarnos antes», apunta, ya que las mujeres que llegan a la vejez en este sector terminan, en muchos casos, con lesiones de por vida.