No me gusta hablar de negocios, sobre todo si son cercanos. Y por dos razones: primera y fundamental, porque casi nadie cree que en estos tiempos de influencers (perdón, creadores de contenido tras grabar un vídeo del Obradoiro en hora punta) yo lo hago gratis et amore. Además voy de incógnito y de todas formas no admito invitaciones con la excepción de las que considero cortesía social, como cuando tomas una cerveza y luego te invitan a otra por aquello de una ronda cada uno.
Y segunda razón, porque después me llaman de otros lugares que, curiosamente, entienden que tienen el mismo derecho a figurar en el diario de mayor circulación de este país y tercero de España.
Pero aparecen casos que, por eso mismo, por ser el diario líder, no pueden ser olvidados. Hay que informar a los lectores, lo cual constituye el único objetivo de este periódico (y debe ser de cualquiera).
Con esos prolegómenos, al otear el futuro lo interesante no consiste en referirse a un chiringuito. Galicia tiene en estos momentos —y necesita muchos más— establecimientos turísticos de calidad, y siempre es un placer escribir sobre ellos aunque luego venga el latigazo: son caros. Sí, por fortuna son caros. A 15 o 18 euros el menú del día no se puede servir una excelente lubina salvaje. Y por lo mismo, el que quiera un buen vino debe encaminar sus pasos a la nueva A Filoxera, en Padrón (donde, por cierto, también sirven comidas con una original carta). Más amplia, color corporativo del uniforme que seguro que habrá alguien a quien le guste y excelente variedad de etiquetas en las vitrinas, y lo que es más importe: calidad. La de la calidad es la única batalla de Galicia. Las multitudes, a Montmeló.