La aventura de cruzar la península Ibérica con 4 patas y 4 ruedas en 25 días
SANTIAGO
Miquel Padrós se estrenó en el Camino de Santiago junto a su perro Juantxo, sobre una bici y con un carrito de apoyo que adaptó con la ayuda un amigo
01 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.A unos 50 kilómetros de Barcelona está Igualada, donde vive Miquel Padrós Rioja, un maestro de primaria de 35 años. De allí partió en bici el día 1 de julio, cuando cogió las vacaciones, para cruzar la península Ibérica de lado a lado. Fueron algo más de 1.240 kilómetros en 25 días a través del Camino de Santiago, en un viaje en el que estuvo acompañado de su perro Juantxo, un corpulento mestizo de mastín que alternó tramos corriendo y otros descansando en un remolque que el propio Miquel adaptó con la ayuda de un amigo para hacer posible la aventura.
«Es la primera vez que hago el Camino», cuenta tras haber alcanzado la meta jacobea el día grande de las Festas do Apóstolo y de pasar los últimos días de turismo por Galicia junto a su pareja, quien se vino en furgoneta. Ella ya había sido peregrina un par de veces antes. Él, aficionado a la montaña, al deporte y a las rutas con su mascota, pensó que era el plan ideal para hacer con el animal con el que lleva compartiendo casi 8 años de su vida, desde cachorro.
«Tenía previsto hacer el Camino andando, pero era muy difícil llegar a León en transporte público con un perro de 35 kilos. De ahí la idea de salir desde Igualada. Empecé a recuperar una bici que me regalaron cuando cumplí los 30 y tenía en casa parada. En septiembre del año pasado empecé a entrenar para prepararme para esto. Me compré en Wallapop un carro con ruedas para enganchar a la bici que soportase 50 kilos porque, además del Juantxo, quería llevar en él la tienda de campaña y el saco de dormir. Con la ayuda de un amigo lo tuneamos para que el perro no se escapase y fuese cómodo», relata.
Aunque fue un «viaje muy chulo» y que le encantó hacer, constata que tuvo sus contratiempos. Además de pedalear bajo un sol inclemente y temperaturas que superaron los 35 grados, uno de los grandes escollos fue encontrar dónde pasar la noche teniendo un peludo como compañero de batallas: «De veinte albergues a los que llamaba, igual uno do dos me decían que sí. En alguno ni siquiera me dejaron acampar en el jardín. Entonces era cuando el Camino hacía su magia y te encontrabas con gente que te salvaba en el día a día, como una mujer de Castromaior (en Portomarín, en Lugo) que nos dejó dormir en la terraza de su bar».
Todo este periplo lo fue compartiendo Miquel a través de Instagram, en un perfil en catalán llamado Camino a 4 potes i 4 rodes. Las cuatro patas respondieron bien al reto, confirma, pero las cuatro ruedas no tanto: «Solo tuve que llevar una vez la bici al mecánico, pero las ruedas del carro se me pinchaban casi a diario. Conseguí un líquido especial que se solidifica y permite seguir aunque pinches. Y, llegando a Carrión de los Condes (Palencia), se me rompió el tubo que conecta la bici con el carro». En este caso contó con la ayuda de la Guardia Civil para encontrar un taller donde soldar la pieza y llegó hasta allí con una solución improvisada usando los pulpos de la bicicleta. No solo le dejaron el tubo mejor de lo que estaba sino que una persona aparcó todo lo que estaba haciendo para solucionarle la papeleta y, encima, no le quería cobrar. «De este chico me voy a acordar siempre», asegura agradecido Miquel, quien dice que repetiría el Camino con cuatro patas y cuatro ruedas al «cien por cien».
Recuerda Miquel, de padre catalán y madre burgalesa, que él y su pareja adoptaron en una protectora a Juantxo cuando tenía tres meses y dudan si habrá algo de sangre de husky en su ADN, ya que tiene un ojo marrón y el otro azul. «Este perro es feliz corriendo por la montaña y, cuando nos levantábamos por las mañanas, iba con mucha energía. Hicimos una media de 50 kilómetros al día, el más duro igual llegamos a 70, pero también me tomaba mis jornadas de descanso y hacía solo 20. Yo tenía muy claro que prefería hacer algún kilómetro de menos y no ir al máximo sufriendo. Y el Juantxo hacía entre 5 y 10 kilómetros al día, alguno menos en las zonas muy llanas en las que yo podía tirar mejor de él y así guardaba fuerzas para las subidas», indica un peregrino que reconoce haber llevado más medicamentos de los necesarios y «cosas por si acaso» para el animal de compañía, que al final no hicieron falta.
La llegada, el día 25, fue uno de los momentos más emocionantes para él. Tenía previsto llegar por la mañana, pero un ciclista compostelano al que se encontró de ruta le recomendó que ese día fuera después de comer para disfrutar de la plaza del Obradoiro plenamente, una vez finalizados los actos institucionales de la jornada festiva. Gracias a este buen consejo pudo disfrutar de ese instante especial del final del Camino, en el que «llegas y te sientas frente a la Catedral».
Asegura Miquel que creó la cuenta de Instagram para tener un recuerdo de este viaje cuando pasen los años, uno del que forman también parte muchas otras personas que se fue encontrando por el Camino de Santiago, que pocas veces se resistían a sacarle una foto a Juantxo y a su carro. Ahora que tiene la logística lista, se plantea hacer otras rutas jacobeas con su perro, además de otros trazados ciclables, pero «con Juantxo siempre», sentencia.