La vivienda

Cristóbal Ramírez

SANTIAGO

El problema de la vivienda en Santiago es todo menos nuevo. Existió siempre, o al menos ya se sufría tal cual ahora, cuspidiño, cuando en 1971 quien firma llegó a estudiar a esta ciudad. Es el mismo, en efecto, pero se ha agravado por factores que todo el mundo conoce, de los que se habla en todas partes y nadie está dispuesto a solucionar.

El principal es, sin duda, la especulación y la falta de control de las autoridades, incluyendo a las sanitarias. La mayoría de los propietarios de pisos los tienen como puro negocio, y cuanta más escasez de la oferta, mayor beneficio. Por ejemplo, en Sigüeiro, donde alquilar roza de vez en cuando la utopía. Y quizás, solo quizás, no el cien por ciento de quienes están en ese mundillo declaran los ingresos a Hacienda, que es de suponer que se ve desbordada. Otro factor: el tamaño. En ciudades del norte de Europa hay estupendos pisos minúsculos de 30 metros cuadrados que aquí rechazamos porque somos de alcurnia. El tercero: compartir piso de adulto no se lleva, e incluso es noticia que dos mujeres de generaciones distintas vivan en uno, como publicaba este periódico días atrás. Y eso resulta algo habitual en países considerados ricos, como Dinamarca o Suecia.

Pero si vamos a los precios con relación a los sueldos, es igual en Santiago que en Copenhague, y en Boqueixón que en Coventry. Porque en esos países ricos se cobra poco más que aquí una vez descontado el tremendo IRPF y, desde luego, el nivel de gasto del personal de a pie es muy inferior al de esta comarca, aunque, claro, con ese dinero recaudado de impuestos los ayuntamientos levantan viviendas sociales y por estos pagos se cuentan poco más que con los dedos del cuerpo.