El «flatiron» compostelano, que saluda a 6 millones de viajeros, cumple medio siglo abandonado
SANTIAGO
El edificio, a punto de expropiarse en los años 90, sigue en vía muerta a pesar de su privilegiada ubicación en O Hórreo
20 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Ni el bum desarrollista que llegó hasta avanzados los años 70; ni la burbuja inmobiliaria de la primera década del milenio que parecía que podía con todo; ni la dramática crisis de oferta residencial actual han conseguido sacar del abandono a uno de los pocos edificios que permanecen inacabados en el entramado urbano de Santiago. Su ubicación es tan privilegiada que hasta genera cierto rubor, porque ocupa un espacio entre la rúa do Hórreo y la rúa Ourense que mira a tres frentes: la entrada del Parlamento, la estación intermodal y la exclusiva urbanización de chalés de A Rosaleda.
Su factura arquitectónica y constructiva está a años luz del famoso edificio Flatiron de Nueva York, de principios de siglo pasado, que toma su nombre popular de la forma de las planchas de ropa y que responde a la solución urbanística para ocupar una parcela triangular, lo que siempre da lugar a diseños peculiares. No hay ciudad sin su flatiron más o menos vistoso, pero el de Santiago es francamente desafortunado, igual que su historia. Y exhibicionista, porque su redondeada punta saluda ahora a los más de seis millones de viajeros que se mueven cada años por las estaciones de tren y autobuses y a miles de vehículos que entran cada día en el centro urbano por la rúa do Hórreo.
Un intento en los años 90
Su imagen actual es triste, pero ya fue bastante peor. El inicio de la construcción del edificio se remonta a mediados de los años 70, cuando se empezaron a colmatar las parcelas urbanas de la ciudad que miraban hacia el sur en un cinturón bien definido por Romero Donallo y el último tramo de O Hórreo. Por la caída del terreno, el inmueble se construyó con una zona de garajes o locales comerciales, dos entresuelos y cuatro plantas destinadas inicialmente a viviendas. El lugar es atractivo ahora, pero ya lo era hace medio siglo, y sin embargo un incumplimiento urbanístico obligó a su paralización, quedando una estructura abierta de hormigón que solo se cerró en sus plantas de acceso para evitar que se convirtiera en un peligro público.
En los años 80 constan peticiones al Concello de Santiago del promotor, José María Seijas Vázquez, para recurrir la paralización de las obras o para reclamar una conexión de alcantarillado, lo que ocurrió en 1987. Pero no fue hasta principios de los 90 cuando se aceleró aparentemente su destino, un asunto en el que se implicó a fondo el entonces alcalde Xerardo Estévez. En octubre de 1991, y a pesar de que el edificio ya había encontrado su encaje legal y tenía su licencia, el esqueleto seguía inerte, y Raxoi lanzó una amenaza de expropiación para utilizar el bien con fines sociales o administrativos: «Non se pode tolerar máis tempo esta situación», deslizó entonces un concejal socialista a La Voz.
Acabado brutalista
El promotor reaccionó y lo primero que hizo fue mejorar el cierre perimetral para responder a las denuncias vecinales, que señalaban su edificio como un animado picadero de droga. En febrero del 92 se retomaron los trabajos, bajo la lupa del Concello, que concedió dos años de gracia con los expedientes abiertos. Las plantas residenciales del edificio completaron su fachada con paneles de hormigón algo toscos y una carpintería metálica poco audaz pero propia de aquellos años, que terminó por darle a la esquina un aspecto algo más digno. Los permisos fueron decayendo y nunca llegaron los servicios básicos, ni las cortinas, ni la vida.
El actual gobierno local no tiene constancia de que se hayan producido intentos de retomar la promoción en los últimos años, y ni siquiera ha existido interés pese a que el influjo de la estación intermodal está activando varios proyectos para convertir edificios de esta calle en hoteles o en viviendas de uso turístico.