El calor africano nos aplanó este mayo, cuando los días se alargan hasta el infinito. Las mochilas circulan por las entradas a la ciudad universal del Apóstol. El nuevo barrio de Santa Marta hormigonea los pies cansados de las peregrinas y peregrinos que se estiran, cruzan, beben y vuelven a beber. La ermita urbana está cerrada, el párroco Chévere dice que no hay voluntariado. Las almas del Camino se acomodan en los bancos de la acera o de las terrazas. Otros no paran ni para saludar. Si pierden el ritmo, se desmayan. Así que se mezclan con los chavales del Politécnico, los transeúntes y los turistas de los hoteles de la zona.
Por la plaza de Vigo y la calle Rosalía de Castro arranca el Ensanche, el «estreche» que dijo Bernal hace un ciento de años. La procesión de bordones desfila sin que nadie los acoja ni con una sonrisa. El estudiantado invade el ajustado paso de cebra en dirección al campus, tras subir las escaleras de ese espacio feo y anacrónico. Las terrazas del entorno de la plaza Roxa se llenan de nuestros conciudadanos hispanos. Cuando el sol baja y aprieta menos, la zona se puebla de estudiantes y personas mayores que, solas o acompañadas, caminan del ganchete o con andador. Sin contar las concentraciones de protesta, que ocurren de mañana y tarde, otro vecino recurrente es el bus de la sangre. El que más recauda, dicen. Una pizca de humanitarismo en medio de tanta humanidad.
Y al anochecer, la luna llena me traslada a mis días universitarios, cuando se salía a una hora decente. Café en el Ámsterdam (hoy Tía Vicenta), plato combinado en el Milay o el Galeón, copa y billar en el desaparecido Zum Zum y alterne en la desaparecida discoteca Cásting, por citar una ruta mítica. Había otros caminos hosteleros también sugerentes. Aquellas salidas de marcha, de fiesta se dice ahora, desataban la alegría, la amistad y el bullicio. Aunque las madrugadas eran las verdaderamente excitantes, bajo las estrellas o bajo techo. Guitarras y canciones de autor. Tiempos de rebeldía y amoríos. Noches de blanco satén que empezaban en mayo y terminaban en junio, como el curso santiagués. Este san Xoán quemaré los apuntes.